14.2.18

Mi Nietzsche (en veinte aforismos)

Esta selección de Aforismos que hizo Andrés Sánchez Pascual para Edhasa contiene, casi sin excepciones, el Nietzsche que más quiero. Selecciono yo a mi vez mis veinte preferidos:

* * *

Todo lo que es profundo ama la máscara.

Las cosas grandes exigen que se calle acerca de ellas o que se hable de ellas con grandeza, es decir, con inocencia –cínicamente.

Oro.– No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble.

Original.– Lo que distingue a una auténtica cabeza original no es ser la primera en ver algo nuevo, sino el ver como nuevas las cosas viejas, conocidas de antiguo, vistas por todo el mundo y no tenidas en cuenta por nadie. El primer descubridor es por lo general aquel fantoche tan habitual y tan desangelado –el azar.

Sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis.

Hablar mucho de sí mismo es también un medio de ocultarse.

Para no apartarme de mi manera de ser, que dice sí y que sólo de manera indirecta, sólo contra su voluntad, tiene que ver con la contradicción y la crítica, voy a señalar enseguida las tres tareas en razón de las cuales se tiene necesidad de educadores. Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, se ha de aprender a hablar y escribir: la meta en estas tres cosas es una cultura aristocrática.

Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos.

Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.

Sé una placa de oro –así las cosas se inscribirán sobre ti con letras de oro.

El estado genial de una persona es aquel en que, con respecto a una y la misma cosa, se encuentra simultáneamente en estado de amor y en estado de burla.

Signos de aristocracia: no pensar nunca en rebajar nuestros deberes a deberes de todo el mundo; no querer ceder, no querer compartir la propia responsabilidad; contar nuestros privilegios propios y su ejercicio entre nuestros deberes.

Muerte.– Gracias a la segura perspectiva de la muerte podría estar mezclada a cada vida una exquisita y aromática gota de ligereza –¡y lo que vosotros, extrañas almas de boticario, habéis hecho de ella es una gota de veneno que sabe mal y vuelve repugnante la vida entera!

La salud se anuncia: 1) por un pensamiento con un vasto horizonte; 2) por sentimientos de reconciliación, de consuelo, de perdón; 3) por el melancólico reírse de la pesadilla con que hemos estado peleando.

Enemigos de la verdad.– Las convicciones son enemigas de la verdad más peligrosas que las mentiras.

El artista trágico no es un pesimista –dice precisamente incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisiaco...

Que vuestra vida esté separada de la calle por un elevado muro de jardín: y si el perfume de las rosas de vuestro jardín llega al otro lado, llevado por el viento, que inspire nostalgia al corazón de alguien.

Nuestros defectos son siempre nuestros mejores maestros: pero con nuestros mejores maestros siempre somos desagradecidos.

Fórmula de mi felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta...

Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar.

12.2.18

Complejidad de los ochenta

La gran parodia que es Operación Triunfo, con sus pomposidades de autoayuda y sus esforzadas técnicas para emitir gorgoritos, llegó a su culminación cuando la concursante Amaia –que terminaría ganando– cantó “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara. ¡La canción protesta por antonomasia en pleno concurso comercial! Y lo que es mejor: cantada con una seriedad... que a Víctor Jara le hubiera encantado.

En mi biografía “Te recuerdo, Amanda” tiene su importancia, porque fue la primera canción seria de la que me despegué con ironía, y ese despegamiento me oxigenó. Fue en tercero de Bup, cuando el profesor de Literatura (el que nos había dado a leer con dieciséis años Ubú Rey, Poeta en Nueva York, Esperando a Godot o La vida exagerada de Martín Romaña) bromeó sobre ella: “¡Es un canto a la docilidad del obrero! ¡Un hi-ho hi-ho silbando a trabajar!”. Me chocó muchísimo, pero pronto le pillé el gusto y yo mismo me puse a soltar cosas parecidas: ¡boutades!

Visto desde hoy, es increíble la cantidad de cosas (mentales) que se podían hacer al mismo tiempo en los ochenta. A mí nunca dejó de dolerme el asesinato de Jara, ni dejé de sentir una repugnancia absoluta por Pinochet, pero a la vez era capaz de bromear con la canción. De igual modo, podía canturrear “Las tetas de mi novia tienen cáncer de mama”, de Siniestro Total, o “Todos los negritos tienen hambre y frío”, de Glutamato Yeyé, y compadecer a una mujer con esa enfermedad o a los etíopes hambrientos.

Y es que se tenía algo que al parecer se ha desvanecido: una noción cabal de lo simbólico. Se sabía muy bien que este era un ámbito superpuesto a la realidad pero que no es la realidad; un ámbito en el que se puede jugar y gamberrear, actividades oxigenadoras justo porque subrayan su carácter de convención. Lo que hacían estas operaciones era liberar a la realidad de esa carga que, cuando se apelmaza, se erige en otra realidad: una realidad falsa que apresa y oprime a la realidad verdadera. (El peligro de este juego posmoderno era que la realidad se disipaba a veces por debajo, por lo que era relativamente fácil caer en el cinismo, es decir, huir de la abrumadora complejidad; pero todo juego tiene su riesgo).

Lo que es asfixiante (¡aplastante!) es el literalismo de hoy, esa “mente literal” de la que ha hablado Daniel Gascón. Hoy que necesitaríamos de la ironía más que nunca, para surfear el aluvión de estímulos, relativizándolos, distanciándonos de ellos, estamos entregados a un histerismo sin fin: cada estímulo nos lo tomamos en serio, lo consideramos digno de una respuesta (en general fiscalizadora), por lo que estamos en un permanente estado de compulsividad.

Y en esto llega Amaia a cantar “Te recuerdo, Amanda”, y toca emocionarse y exhibirlo. Y el que no lo haga es un hater o un troll, cuyo exhibicionismo a la contra es también mecánico... Todo está codificado. Todo es, en el fondo del fondo, aburridísimo. De una simplicidad carcelaria.

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En El Español.

PD. La parodia de la parodia.

7.2.18

Las tetas de Marisol

Ha cerrado definitivamente Interviú y han vuelto las tetas de Marisol. Al verlas en la portada le he dicho: “¿Qué hace una chica tan limpia como tú en un país tan turbio como este?”. Sí, era limpieza, turbadora limpieza, lo que percibí aquel septiembre de 1976.

Yo tenía diez años. Había ido al quiosco a comprar el Don Miki, como todas las semanas, y allí estaban. La sorpresa fue considerable. Sus películas de niña prodigio solo me habían gustado en la primera infancia, por “Corre, corre, caballito”, pero sentíamos cercana a Marisol no ya por ser malagueña, sino porque su abuela vivía en mi barrio de entonces. A veces corría el rumor de que estaba de visita, pero yo nunca la llegué a ver. Que apareciera allí de pronto, tan bella, con aquel desnudo tan turbador y tan limpio, parecía increíble. Y empleo este adjetivo manoseado a propósito: aquello se salía de la realidad. Pero también se iba imponiendo lo que era verdaderamente: que la realidad daba más juego de lo que nos habíamos creído.

El hecho de que aquel primer desnudo fuese de una mujer que habíamos visto antes vestida, a la que conocíamos incluso desde que era niña, le daba morbo pero sobre todo naturalidad. Y sí, se aceptaba con naturalidad. Había comentarios reprobatorios de algunas mujeres, de las madres; pero eran más bien suaves y con un fondo, me atrevería a decir, de regocijo: insertado en la escalada del “hasta dónde estamos llegando”. Había esa ligera reprobación, pero también curiosidad, asombro.

Visto desde ahora, alcancé a asistir a un momento intermedio en el camino de la liberación de las mujeres españolas. 1975 había sido el Año Internacional de la Mujer, y recuerdo en especial los chistes (por ejemplo, de Pepe da Rosa). Pero aquella guasa de resistencia masculina era a la vez de rendición; o sea, de un comienzo de aceptación.

Cuando yo era niño era todavía raro ver a una mujer fumando o conduciendo. Y las mujeres de la generación de mi abuela (que era de pueblo) llevaban el pelo recogido en un coco. Las que fumaban y conducían y se ponían bikini (o se desataban botones de la blusa para mostrar el canalillo) abrían brecha. Las otras mujeres les decían, entre la censura y la celebración: “Mira qué moderna”. Poco a poco se iba contagiando el júbilo de la libertad. Las pioneras, en verdad, eran admiradas.

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En The Objective.

PD. Un lector perspicaz me ha avisado de que el primer Don Miki apareció en octubre de 1976: ¡justo un mes después! Aquel día de septiembre iría entonces a por el TP o el Pronto, que me mandaban comprar entonces para toda la familia. Un vez que apareció el Don Miki, ya pediría comprarlo para mí, en aquel mismo quiosco. Así va ensamblando sus elementos la memoria...

5.2.18

La gala del 'No al cine'

Ha sido ver en EL ESPAÑOL la foto de Willy Toledo y Alberto San Juan en la gala de los Goya 2003, la del No a la guerra, y que regresase como una bofetada el bochorno de aquella noche. Hace quince años y el bochorno sigue fresquísimo: es un pescado podrido que se mantiene oloroso. El añadido es la mitologización –el falseamiento– de la historia. Parece que a los que hemos vivido ya los años suficientes no nos queda otra que salir de vez en cuando a señalar en plan aguafiestas: “No fue así, no fue así”.

No fue una cuestión de bloques. No fueron los puros angelitos de la izquierda contra los impuros demonios de la derecha. La realidad es más complicada. En mi entorno de izquierda, o al menos de no votantes del PP, la gala resultó patética. Una amiga que detestaba a Aznar dijo sobre el papelón de los actores: “Esos no saben quién paga”. Y se quejó de lo feo y soez que había sido. Yo mismo estaba en contra de la guerra y dos semanas después asistí a la manifestación. Pero daba grima cómo tenía uno que andar frotándose con facciones antidemocráticas (castristas, nacionalistas, proterroristas) cuando mi razón era prioritariamente la democrática. Como dije después: “Estuve en la manifestación haciendo bulto pero también haciendo chistes”.

La gala fue un exabrupto de abusones ideológicos, de niñatos revenidos. Malversaron la causa que decían defender y perjudicaron gravemente la industria en la que trabajaban, que no era solo de ellos. Fue ante todo una gala de No al cine. Echaron a patadas a la mitad de los espectadores posibles. Estos, ciertamente, pasaron a odiarlos. Pero en respuesta al odio anterior de ellos. Me hace mucha gracia esa mentalidad victimista y aprovechona de quejarse solo del odio de los otros, como si este hubiera surgido por generación espontánea y no espoleado por un odio primero, propio, que ahora se escamotea. El truco del que se apresura a pasar por bueno para que el prójimo cargue con toda la maldad.

En cuanto a la rentabilidad de la pegatina, me fijé en Santiago Segura. Se dice que en los días de asfixiante calor hay que mirar dónde se coloca el perro de la casa, porque ese será el lugar más fresco. En cuestiones de beneficio también hay que mirar qué hace Santiago Segura, genio de los negocios. Recuerdo que en la gala no llevó la pegatina. Pero a partir de la gala se la puso y ya no se la quitó durante meses. Y con eso está todo dicho.

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En El Español.

29.1.18

La rueda de Woody

Este año he contravenido mi norma de asistir a la película de Woody Allen en la primera sesión del viernes de estreno. Quería verla en la compañía adecuada, que está en otra ciudad, y este sábado ha podido ser por fin. Ha merecido la pena, porque la velada fue tan maravillosa como la noria de Coney Island. La rueda de la fortuna me llevó a una butaca con manitas, del mismo modo que a Woody lo ha llevado a unas semanas sórdidas, probablemente las últimas de su carrera. Me he acordado de la cita de La Celestina que traía el último tomo del diario de Trapiello (el otro artista que nos da una obra anual): “Mundo es, pase, ande su rueda, rodee sus alcaduces, unos llenos, otros vacíos...”.

Wonder Wheel es una película plena, sin los signos de decadencia o apagamiento que se veían en las anteriores (aunque a mí me gustaban igual). El octogenario está en forma, lo que nos hace maldecir que lo que acabe con sus películas sea la actual caza de brujas de Hollywood antes que la enfermedad o la muerte. Los seguidores de Woody llevamos más de un decenio pensando que cada película podía ser la última (o la penúltima, porque cuando se estrenan en España ya tiene preparada otra), y eso le daba una fruición melancólica a nuestro ritual. Pero esta aceptación limpia de la vida, es decir, la aceptación de que la vida cualquier día nos quitaba el caramelito, se ve ahora perturbada por la rabia. Se ha interpuesto el nuevo puritanismo imperante.

No deja de ser extraordinario, por otra parte, el modo en que este ha triunfado: porque para que la nueva moralidad reaccionaria y represiva esté marcando la ley ha hecho falta que ocupe el lugar exacto de la religión que dice combatir. En efecto, el pseudoprogresismo campante de nuestros días (¡y permítanme ese pseudo, porque mi visión quiere ser progresista!) es hoy la religión realmente existente, la que opera de verdad. La otra sigue cometiendo desmanes de vez en cuando, pero ya está culturalmente acotada: cuando se propasa, tiene la respuesta debida. No así ese pseudoprogresismo, que va con el viento a favor: por eso ha podido acabar con Woody (y con tantos otros) como no podría haberlo hecho la Iglesia.

La desdichada mentalidad de nuestra época me obliga a verbalizar que no me refiero, naturalmente, a los delitos reales, que deben ser perseguidos y castigados, sino a la inquisición paralela de los delitos imaginarios (frutos muchos de ellos de la fantasía ideológica).

Por lo demás, de Wonder Wheel se sale como de todas las películas de Woody Allen: más sensible, más civilizado, más cuidadoso, con un recobrado estupor existencial y con el balanceo de la musiquilla.

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En El Español.

PD. Mis anteriores entradas sobre Woody:
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.
2016: Woody por dos.

24.1.18

Lo que han perdido

Me hizo gracia el otro día un amigo: “¡Y nosotros ahí buscando libros de Salvat-Papasseit! ¡Entrando en las librerías a preguntar qué tenían de Salvat-Papasseit!”. Esa era, en efecto, una vivencia cotidiana de los aficionados a la poesía españoles de mi generación: no hacíamos más que buscar libros de Salvat-Papasseit. Y de Josep Vicenç Foix, y de Josep Carner, y de Carles Riba, y de Marià Manent, y de Pere Quart, y de Joan Vinyoli, y de Joan Brossa, y de Gabriel Ferrater, y de Pere Gimferrer. ¡Hasta de Salvador Espriu, con eso lo digo todo!

La sensación de estafa ahora es descomunal. Y no es porque sean ahora peores poetas. Hablo solo de sentimientos. ¿El asunto no eran los sentimientos? Pues el sentimiento es que antes tenían el aprecio y ahora no tanto como el desprecio, pero sí desde luego el hartazgo. La salvación ahora es estrictamente individual: puedo coger Sol, i de dol, de Foix, o Poemes civils, de Brossa, y disfrutarlos. Pero aisladamente: ya no se benefician de ese viento general que (desde la Transición) los empujaba a todos.

Los nacionalistas se han cargado lo que habían conseguido los poetas. Se habla ahora de seducción. Los poetas catalanes nos sedujeron, y en su día consideré seriamente ponerme a estudiar el catalán. No lo hice porque se interpuso el portugués, pero en mi cabeza estuvo hacerlo. Hoy no me lo habría planteado ni de coña. Por cada verso de Salvat-Papasseit hay un millón de rebuznos de Puigdemont.

Lo que han perdido es la simpatía previa que les teníamos y ese dar por hecho su inteligencia, una inteligencia que no solo presumíamos mayor sino también más refinada. Ahora tendrán que ir demostrándolas de uno en uno, y partiendo del socavón en que los nacionalistas los han situado a todos.

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En The Objective.

22.1.18

El Puigdemont perfecto

No entiendo la pregunta de si Puigdemont podrá gobernar telemáticamente. ¿Pero qué se piensan que es un Puigdemont gobernando? A un presidente serio supongo que sí le resultaría difícil o imposible. ¿Pero a Puigdemont? ¿Qué ha hecho Puigdemont en persona que no pueda hacer a distancia?

Por lo demás, ¿qué es “a distancia” para Puigdemont? Desde que fue investido presidente, Puigdemont ha estado distanciadísimo de la realidad de Cataluña: lo que ha tenido en la cabeza es una abstracción igual de distante de la Cataluña real se esté en Montserrat o en Bruselas. De hecho, para lo que Puigdemont hace quizá le convenga más estar en Bruselas. Cuanto menos roce y menos ruido reciba de la Cataluña real, mejor para sus propósitos.

Ahora se ha puesto de moda el hombre bomba, que estalla con su bomba y se destruye a sí mismo al tiempo que destruye todo lo de su alrededor. Pero lo que se ha llevado toda la vida ha sido el dinamitero a distancia. Colocas la carga en un sitio y te alejas para hacerla detonar. Se trata de destruir lo demás pero tú ponerte a salvo. En este sentido, Puigdemont es un dinamitero perfecto de la vieja escuela. Desde Bruselas volará Cataluña mientras él se mantiene a salvo.

Cataluña será un enorme dron para este piloto loco que no va a estrellarse con el aparato. O un capitán del Titanic poniendo el trasatlántico a toda marcha contra el iceberg, mientras él está en su habitación comiendo chocolate belga o coliflores. Puigdemont puede estar ante el chollo de su vida: un kamikaze que no va a hacerse papilla con el avión. Un kamikaze que vivirá para contarlo. Y luego habrá que leerse encima sus memorias.

No es ya que los catalanes lo vean solo por la pantalla, es que él verá solo por la pantalla a los catalanes. Los catalanes aparecerán ante el adolescente Puigdemont como esos transeúntes de videojuego a los que hay que atropellar para ganar puntos. Y, como una cosa lleva a la otra, podrá montarse también fabulosas sesiones de cibersexo con su electorado. Al fin y al cabo, le han votado por su pornografía política.

Durante su visita a la hamletiana Dinamarca, no se espera que Puigdemont se pregunte si ser o no ser (su pelucón no parece muy permeable a la metafísica), ni manifestará ningún tipo de duda acerca de si estar o no estar. La opción es ya no estar, pero causando más estropicio aún que si estuviera. Esta vez no habrá que corregir al becario cuando ponga “embestidura”.

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En El Español.

15.1.18

Boadella president

Este martes Albert Boadella le toma la delantera al procés. Un día antes de la constitución del nuevo parlamento catalán, el dramaturgo será investido presidente en el exilio de Tabarnia. Por vía telemática, como exigen los nuevos protocolos delirantes. Si Puigdemont termina haciéndolo así también, será ya una parodia de su parodia. La realidad catalanista se ha convertido en eso: en un espejo deformante de monigotes ya deformados. Valle-Inclán se hubiera deprimido al ver lo inocentones que resultaban en comparación sus esperpentos.

El propio Boadella ha debido de sentir algo parecido en estos años. Las salvajadas de su Ubú president quedaron muy disminuidas cuando salieron las verdades de los Pujol. Y todo lo ocurrido desde que Artur Mas apareció como Moisés hasta las andanzas por Bélgica de Puigdemont, en plan quinto beatle con algo de Raphael, ha rebasado todo lo que podría habérsele ocurrido al fundador de Els Joglars. Ahora al fin reacciona y se pone a la altura de los acontecimientos. El clima ya era propicio gracias a la contraofensiva de los carnavales de Cádiz.

Hace muchos meses, al ver por qué territorios tan alucinantes se iba metiendo el procés, que se confiaba en los carnavales de Cádiz para que dieran la respuesta a medida de lo que estaba pasando en Cataluña. Recuerdo, por ejemplo, un artículo de Andrés Trapiello. Los gaditanos han dado el campanazo el primer día, con la chirigota de la decapitación de Puigdemont. Y ante los nervios de los envarados nacionalistas, han advertido que los carnavales no han hecho más que empezar...

El otro gran respiradero, o aliviadero, ha sido lo que se ha montado con Tabarnia, que nos ha hecho felices durante estas últimas semanas. Como se ha dicho, más que la broma en sí, ha sido glorioso ver a los independentistas enredados en su propio reflejo: combatiendo a unos fantasmas que eran calcaditos a ellos. La presidencia telemática de Boadella va a ser la guinda de este jocoso pastel.

La contestación humorística ha sido la adecuada, porque, como dijo Cioran, las religiones y las ideologías son ante todo cruzadas contra el humor. El humor descoloca a estos angelitos, que encima quieren que no nos riamos de ellos. Pero, además del disfrute que nos proporcionan, con nuestras risas les prestamos a ellos un servicio psiquiátrico. Como un primerísimo paso hacia la salud mental, es bueno que perciban que fuera de su burbuja de acero, más allá del búnker acorazado de sus delirios patrióticos, lo que hay son... risas.

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En El Español.

11.1.18

Jünger y el uniforme congénito

Se ha dicho del escritor alemán Ernst Jünger (1895-1998) que es un esteta de la guerra, pero no: es un metafísico de la guerra. De la guerra y de todo. Su mirada tiene altura y profundidad, e incluye el sufrimiento. Con compasión pero sin sentimentalismo; sí con emoción: fría. Aunque en realidad hay dos Jünger, o tres: el de la Primera Guerra Mundial, el de la Segunda Guerra Mundial y el de los años posteriores. Más de medio siglo, estos últimos: Jünger, como es sabido, murió cuando le faltaba poco para cumplir ciento tres años. En la batalla del Tiempo aguantó como nadie. Aunque su mirada aportaba eternidad desde el principio: de ahí la metafísica. Vivió la historia, pero su comprensión fue más allá de la historia.

El Jünger de la Primera Guerra Mundial fue el único que entró en combate, y muchas veces; como muchas veces fue herido. Salió convertido en un héroe de guerra, con la máxima condecoración: la Ordre Pour le Mérite. El de la Segunda Guerra Mundial, en cambio, no llegó a combatir, aunque obtuvo una condecoración más: la Cruz de Hierro de segunda clase, por haber rescatado dos cuerpos. Sus vivencias de ambas guerras fueron, pues, distintas. En parte por la edad, en parte por el cambio de actitud, en parte por el tipo de guerras que fueron. En plena Segunda Guerra Mundial escribió su tratado La paz, que constituiría el núcleo del pensamiento sobre la guerra del último Jünger.

Al joven Jünger lo animaba el espíritu de aventura. Por huir del instituto y de la vida familiar, se había enrolado con dieciocho años en la Legión Extranjera, experiencia que recrearía en Juegos africanos. Era 1913. El padre logró traerlo de vuelta a casa al cabo de pocas semanas. Pero en 1914 estalló la guerra y Jünger se alistó enseguida. En Tempestades de acero, su célebre libro sobre la Primera Guerra Mundial, escribe:
Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes y espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.
Estaría en ella tres años y nueve meses, según el recuento de Helmuth Kiesel. Participó en varias patrullas peligrosas y en ocho grandes batallas, entre ellas la del Somme, y fue herido siete veces. Sirvió en el regimiento 73º de Fusileros de Hannover, llamado “Gibraltar”, como soldado raso, alférez y jefe de compañía. A la guerra se llevó libros y cuadernillos para tomar notas, de los que rellenó catorce. Kiesel, editor de su Diario de guerra (1914-1918), refiere que en 1918 la media de edad de los caídos era de diecinueve años y medio, y Jünger, a sus veintitrés, era el segundo jefe de compañía de más edad de su unidad. Al principio su tono era más bien frívolo. En una de las primeras entradas del Diario anota:
Escribo esto en un hoyo muy avanzado cavado en la tierra, a unos 150 m de la trinchera enemiga. De vez en cuando pasa silbando casi rozándonos un proyectil enemigo o amigo. Por desgracia no vemos por aquí a ningún franchute, si no, podríamos disparar también nosotros. [...] En general, la guerra me parecía más horrible de lo que en realidad es. El espectáculo de los que estaban destrozados por las granadas me ha dejado completamente frío, y asimismo todo este pim pam pum, aunque varias veces he oído silbar muy cerca las balas. En general, lo más desagradable para mí son el frío y la humedad en nuestros hoyos.
Pero la percepción épica va imponiéndose. Como al final de El Bosquecillo 125, su crónica de la guerra de trincheras del último año:
Lo que allí sucedió carece de importancia si se lo compara con los grandes acontecimientos de esta época, mas para nosotros y para nuestro destino ha tenido un peso enorme. [...] El horizonte de los embudos y de las trincheras es un horizonte estrecho. [...] Contra ese fondo horrible se yergue el combatiente, el hombre sencillo, anónimo, sobre el cual gravitan el peso y el destino del mundo.
El peligro y el contacto con la muerte le otorgan espesor a la existencia. O más que espesor: pureza, nitidez; contacto directo con la completud del mundo. Cuando muere el protagonista de la novela El teniente Sturm, el narrador dice: “Su última sensación fue la de hundirse en el torbellino de una antiquísima melodía”. Y en Tempestades de acero relata así Jünger un momento en que lo hieren y cree morir:
Por fin me había atrapado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida. [...] Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquel uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase. Notaba un asombro incrédulo, el asombro de que precisamente allí fuera a acabar mi vida; pero era un asombro lleno de alegría. Luego oí cómo el fuego se debilitaba; parecía que me hundiese como una piedra bajo la superficie de un oleaje furioso. Allí no había ya ni guerra ni enemistad.
Las vivencias épicas y metafísicas, con todo, se situaban en un contexto histórico que Jünger iría analizando en los años siguientes: el de un cambio de época en que el humanismo era sustituido por el imperio de la técnica y la figura del trabajador. En obras como La movilización total (1930), El trabajador (1932) o Sobre el dolor (1934). En su Alocución en Verdún de 1979 dijo Jünger: “Entonces, cuando nos apretujábamos en los conos abiertos en el suelo por los proyectiles, aún creíamos que el ser humano es más fuerte que el material. Eso se ha revelado como un error”. Y en Los titanes venideros, ya a sus cien años:
Para mí, el verdadero gran motivo de interés ha sido la técnica, cuya potencia se ha manifestado de manera impresionante en la guerra mundial de 1914-18, la primera guerra de materiales. Se trató de un conflicto profundamente distinto de todos los anteriores, porque el choque no se produjo solamente entre ejércitos, sino entre potencias industriales. Ante aquel escenario mi visión de la guerra asumió la forma de un activismo heroico. Naturalmente, no se trataba de simple militarismo, porque siempre, también en aquel entonces, he concebido mi vida como la vida de un lector antes que como la de un soldado.
Al frente se había llevado, de hecho, el Orlando furioso y el Tristram Shandy, que fue leyendo en las pausas entre los combates. En el periodo de entreguerras se afianzó su vocación de hombre de letras (interesado también por la ciencia: se matriculó en zoología; en sus cuadernos de la guerra ya había hecho un registro exhaustivo de los coleópteros que se fue encontrando), así que cuando llegó la Segunda Guerra Mundial su prioridad era otra. En Radiaciones, sus diarios de esta guerra, escribe el siguiente pasaje, que destaca el traductor Andrés Sánchez Pascual en el prólogo de la edición española (Tusquets):
En ciertas encrucijadas de nuestra juventud podrían aparecérsenos Belona y Atena –la primera con la promesa de enseñarnos el arte de guiar veinte regimientos al combate de manera que estuvieran en su puesto en el momento de la batalla, mientras que la segunda nos prometía el don de juntar veinte palabras de manera que formasen una frase perfecta. Y pudiera ser que eligiésemos el segundo de los laureles; este crece, más raro e invisible, en las pendientes rocosas.
Aunque en un principio se había interesado por Adolf Hitler y otros extremistas –también de extrema izquierda– que daban voz al malestar por la crisis alemana de posguerra y el Tratado de Versalles, Jünger fue inequívoco desde muy pronto en cuanto a sus diferencias con los nazis. Le protegía el aprecio que le tenían Hitler, que lo admiraba por Tempestades de acero, e inicialmente Joseph Goebbels. Pero rechazó dos veces, en 1927 y 1933, ser diputado del Reichstag por las listas nacionalsocialistas, y se negó igualmente a ingresar en la Academia Alemana de Poesía, ya depurada. En 1939, justo al comienzo de la guerra, publicó En los acantilados de mármol, una alegoría contra el nazismo. Por esto y por una mención del salmo 73 de la Biblia que aparecía en la primera entrega de Radiaciones, titulada Jardines y carreteras (1942), que Jünger no aceptó eliminar, Goebbels negó cupos de papel a las futuras ediciones de sus libros, con lo que los prohibía de facto. Con esa mención del salmo 73 (“los que se alejan de ti se pierden, tú destruyes a los que te son infieles”), Jünger estaba pidiendo, como señala Sánchez Pascual, la derrota del Tercer Reich.

Fue llamado a filas como capitán de la reserva en 1939. Participó en la invasión de Francia, en la retaguardia. Estuvo destinado en París entre 1941 y 1944, bajo la protección sucesiva de los oficiales Hans Speidel y Carl-Heinrich von Stülpnagel, que no eran nazis; el segundo participó en la conspiración contra Hitler. Con un paréntesis en el frente ruso entre finales de 1942 y principios de 1943. Fue desmovilizado en septiembre de 1944, aunque su gran pérdida se produjo después: en noviembre moriría su primogénito Ernstel combatiendo en Carrara. Tenía dieciocho años. Jünger no lo sabe hasta enero de 1945, y entre otras cosas escribe: “Mi buen muchacho. Desde niño aspiró a imitar el ejemplo de su padre. Y ahora, ya en la primera ocasión, lo ha hecho mejor que él, lo ha sobrepasado infinitamente”.

Los diarios de la Segunda Guerra Mundial, Radiaciones, publicados en España en dos tomos por la editorial Tusquets (como casi toda la obra de Jünger), son seis: el ya mencionado Jardines y carreteras, Primer diario de París, Anotaciones del Cáucaso, Segundo diario de París, Hojas de Kirchhorst y La cabaña en la viña (Años de ocupación). Jünger, en el importante Prólogo, los define como “un curso de metafísica realizado entre parábolas”. Su empeño consistiría en “la ordenación de las cosas visibles de acuerdo con su rango invisible”. Abarca de 1939 a 1948 y la intención del autor al reunirlos es “dar la imagen de la catástrofe que, cual una ola, va encrespándose poco a poco, rompe contra las rocas y luego refluye. La catástrofe golpea a cada uno de modo diferente, pero a todos los afecta al mismo tiempo”.

Hay un interesante documental del escritor y director argentino Edgardo Cozarinsky con textos de los diarios de Jünger e imágenes documentales de aquellos años: La guerre d’un seul homme [La guerra de un solo hombre] (1981), que puede verse en YouTube. El título hace alusión a la actitud de Jünger durante la guerra: una actitud individual, singular, equivalente a la del anarca que él mismo categorizó. Esa es la actitud que ha pasado por esteticista. En el libro de entrevistas Los titanes venideros le preguntan a Jünger por la conocida escena en que se toma una copa de “borgoña a las fresas” desde la azotea de su hotel de París mientras contempla un bombardeo. Y responde: “Con ello quería expresar mi distanciamiento: tanto de los que volaban en lo alto sobre la ciudad como de la gente que había en las calles, aterrorizada. Estaba solo conmigo mismo y bebía mi borgoña. No era cinismo, era una defensa estética frente al miedo a la muerte. La escena de guerra se había transfigurado para mí en espectáculo”.

Pero en realidad esos momentos no abundan. Su mirada distanciada tiene más que ver, como dije, con la metafísica que con la estética. Y por lo general no elude el terror ni el sufrimiento, sino que trata de elevarlo. Así ocurre en uno de los momentos más intensos de Radiaciones, en que, como nos advierte Sánchez Pascual en su prólogo, Jünger se debate nada menos entre si desertar o suicidarse, hasta concluir que no hará ninguna de las dos cosas, puesto que el uniforme es congénito. Está fechado en Vicennes, el 29 de abril de 1941:
Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia? [...] Buscando, en el trayecto que lleva del Pont Neuf al Pont des Arts, la salida a que antes he aludido, he comprendido con toda claridad que únicamente dentro de nosotros mismos está lo laberíntico de la situación. De ahí que sería perjudicial el empleo de la violencia, destruiría muros, cámaras de nosotros mismos –el camino que lleva a la libertad no es ese. Las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, no la marcha del destino. Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él. Es preciso que nos elevemos, que nos elevemos también a través del sufrimiento; entonces se vuelve más comprensible el mundo.
En aquel tiempo estaba redactando La paz (1941-1944), cuya finalidad era “puramente personal; debía servir a mi propia formación –en cierto modo como entrenamiento en la justicia”. En tal documento, que sería completado con El Estado mundial (1960), escribe Jünger: “Bien podríamos decir que esta guerra ha sido la primera obra en común de toda la humanidad. La paz que le ponga término habrá de ser la segunda”. Tras hablar del “gran tesoro de sacrificios” que será “el solar de la nueva edificación del mundo”, concluye:
La persona singular ha de entender ante todo que la paz no podrá brotar del cansancio. También el miedo contribuye a la guerra y a la prolongación de la guerra. [...] Para que haya paz no basta con no querer la guerra. La paz auténtica supone coraje, un coraje superior al que se necesita en la guerra; es una expresión de trabajo espiritual, de poder espiritual. Y ese poder lo adquirimos cuando sabemos apagar dentro de nosotros el fuego rojo que allí arde y desprendernos, empezando por las cosas propias, del odio y de la división que el odio trae consigo.
El uniforme congénito, al cabo, es el que obliga a cumplir ese deber.

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Publicado en el trimestral Jot Down nº 20, especial Guerra.

10.1.18

Grande Pessoa

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está...’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del Canto a mí mismo –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e impersonado –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en pessoas: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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En The Objective.

Novedad (en portugués): Archivo digital del Libro del desasosiego.