16.5.18

El día tal como era

Por la noche me autodiagnostiqué estrés electrónico. Apagué el iphone y lo arrojé al cajón de la mesilla. Me había llevado un libro a la cama, El hilo de la verdad de Eugenio Trías, pero no leí nada: me enredé una vez más en internet, en Twitter; hasta que, estragado, corté. Tomé la decisión de desintoxicarme. No fue racional, sino por puro asco.

Al día siguiente me dejé el iphone en casa y salí con un casio en la muñeca. Retrocedí tecnológicamente veinte años y reapareció la entrañable mascota que todos teníamos entonces: el día tal como era, hecho de horas y momentos muertos, un animal grande, tranquilo, algo inquietante pero cariñoso.

Pude leer por fin a Trías y encontré su asombrosa consideración del tiempo. Para él el presente es también inaccesible, como el futuro y el pasado. Son tres eternidades, y las tres “componen la orla anular del tiempo”. Pero existe un cuarto término, que es el que proporciona el gozne con el que se articulan los otros tres: “Ese cuarto término, que con demasiada frecuencia se asimila, erróneamente, a la dimensión presente, lo constituye el Instante. [...] A través del Instante el tiempo ‘entreabre sus pestañas’ desde el límite, desde el Horizonte [...]; a través del Instante el tiempo pestañea”.

Sin el instante, el tiempo es una abstracción. Solo el instante “le da sustancia, carne y posibilidad de experiencia a la temporalidad”. Sin el instante no hay experiencia. El tiempo del tedio, su eterno presente, es un tiempo sin instantes. Como lo es el tiempo acribillado a pseudoinstantes de internet. Al menos, para el que padece estrés electrónico.

No he logrado volver a salir sin el iphone, pero lo haré. El día tal como era sigue ahí. Solo hay que desconectarse, que desintoxicarse. Pero da miedo aquella mascota.

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En The Objective.

14.5.18

Las cabinas de Mercero

Se ha repetido lo de la semana pasada, en que iba a escribir sobre ETA pero se interpuso Íñigo. Ahora iba a escribir sobre el ultraderechista Torra pero se ha interpuesto Mercero. Es como si un ángel quisiera que me centrase en el bien y no en el mal. Escribiré, pues, de Mercero; aunque al final volveré brevísimamente a Torra (¡no quiero que se me escape!).

Antonio Mercero, que murió el sábado, estuvo siempre en mi vida, como José María Íñigo, aunque su nombre lo conocí más tarde. Entre las primeras series que vi en televisión, en la fase de la memoria confusa, estuvo su Crónicas de un pueblo, con aquella sintonía que fue luego la de mi afición a la radio, puesto que es la que ponía Luis del Olmo en su Protagonistas. En la adolescencia estuvo Verano azul, a la que casualmente volví el pasado agosto porque leí un libro de Mercedes Cebrián que recomiendo: Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la Transición (Alpha Decay). Y años después Farmacia de guardia, serie que vi muy poco pero que también tuvo importancia: abrió el camino para las teleseries de los noventa, a las que me dediqué profesionalmente. Pero mi Mercero favorito es el del telefilme La cabina y el de la película Espérame en el cielo.

Miro la fecha de la primera emisión de La cabina en TVE y me asombra: 13 de diciembre de 1972. Yo tenía seis años y la recuerdo perfectamente; la entendí, la sentí perfectamente. A los niños nos dejaban verlo todo y también aquel telefilme kafkiano (en realidad, cuando leímos más tarde a Kafka tendríamos que haberlo reconocido como “merceriano”). Recuerdo el impacto: la rareza, el agobio. El escalofriante final. Y que durante mucho tiempo miré las cabinas con aprensión, como bestias o trampas. Incluso de adulto no he entrado jamás en una cabina sin acordarme de La cabina.

Espérame en el cielo (1988) es una comedia eficacísima, divertidísima, una parodia fantástica de Franco y del franquismo... a la que Mercero le incrusta una genialidad, casi propia de Lubitsch: una historia de amor, entre trágica y tierna. El doble de Franco, al que el aparato del Estado secuestra para que haga del dictador, está enamorado y trata de comunicarse con su amada llevándose la mano a la oreja durante sus discursos. Si el encierro de La cabina era una metáfora del franquismo, este hombre se encuentra encerrado dentro del mismísimo Franco, que viene a ser para él otra especie de cabina.

Y así volvemos a Quim Torra, el ultraderechista con nombre de personaje de Mortadelo y Filemón, y con las mismas luces. El procés es la cabina en que está encerrada hoy Cataluña. Su franquismo realmente existente.

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En El Español.

7.5.18

Íñigo, el bigote superlativo

Iba a hablar de ETA, de los criminales de ETA y de sus cómplices, que van a durar más que ETA, pero se ha interpuesto Íñigo. Que era de Bilbao además: otra de las excepciones de ese “pueblo vasco” abusivo, abrasivo, del que se adueñan los nacionalistas con su asalto premoderno a las palabras. Un asalto que no se queda en el terreno lingüístico, porque este es solo el trampolín para joder luego a la gente.

Ahora, con José María Íñigo, vuelvo a pensar en la virtud de los que han pasado por esta vida sin hacer daño. No hay justicia después de la muerte igualadora, pero aquí en la vida, ¡qué estela benéfica la de los buenos! Por un lado los asesinos etarras (con el repelente Otegi de niño de San Ildefonso del euskonazismo) y los nefastos Setién, Arzalluz, Egibar y todos los que estuvieron rebozándose en los crímenes que no cometieron; y por el otro los hombres como Íñigo. La paradoja moral: hombres vivos que representan a la muerte; hombres muertos que representan a la vida. Íñigo es ahora de estos.

A los niños de los 60 se nos van muriendo ya todos menos Raphael, que va a ser el Alberti de la generación televisiva de nuestra infancia. No ha dejado de sorprenderme que Íñigo tuviera solo setenta y cinco años. En realidad lo raro es que tuviera alguna edad, porque para nosotros está en el estuche de oro de nuestra memoria mítica. Qué solapamiento prodigioso el de los años infantiles: aparezco jugando, haciendo mil cosas, y a la vez está Íñigo con su programa, en un presente continuo en el que también están Uri Geller y Solzhenitsyn, y todos los cantantes y personajes de la época, mejorados por la presencia de Íñigo. Todas sus entrevistas estaban bien, porque el 50% al menos de los presentes no fallaba nunca: era Íñigo.

Las peculiaridades del mundo al que llega el niño forman parte de su mundo con la misma sustancialidad que las cosas no peculiares. Así que el bigote de Íñigo era una de las cosas sustanciales de nuestro mundo. Lo peculiar era, en todo caso, que solo él lo llevara y fuese su dueño. Un verano mi padrino, que vivía en Madrid, vino de vacaciones a Málaga con el bigote de Íñigo. Impresionaba verlo de cerca y en el ámbito familiar. Pero aunque mi padrino lo llevara no era su bigote, sino el de Íñigo. Aún hoy cuando se describe a alguien con un bigote así los de entonces decimos: “Tiene el bigote de Íñigo”. Es una marca generacional.

Él nos enseñó también el primer superlativo de nuestra vida: aquel Directísimo con que titulaba su programa. Íñigo, el bigote y el superlativo; el bigote superlativo: su bigotísimo. Qué pena más limpia cuando se muere alguien bueno; se queda en la vida como una dulzura, para que sigamos.

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En El Español.

2.5.18

Pepe Botella

El mejor sitio de la plaza del Dos de Mayo de Madrid es el bar Pepe Botella, donde tantas horas he pasado. Fumando puritos (antes de la ley que lo prohíbe), leyendo, escribiendo incluso, mirando, escuchando y charlando con amigos o alguna amiga. Me recuerdo allí con Corrección de Thomas Bernhard y El largo adiós de Raymond Chandler. Y qué felicidad cuando se pillaba una de las ventanitas que dan a la plaza o, si miras al frente, al espejo en cuyas manchas como de cobre el propio rostro desaparece a tramos (otro motivo de felicidad).

No es casual que el sitio más civilizado de la plaza que conmemora aquel día castizo tenga el nombre del francés que iba a representar a los afrancesados. A estos hay que conmemorarlos hoy, y a José Bonaparte. Propongo hacerlo mediante la audición de una documentada conferencia impartida en la Fundación Juan March por el historiador Manuel Moreno Alonso, que lo pone todo al revés con credibilidad: “José I y los afrancesados”.

Pese al desprecio que se le ha profesado, José I fue nuestro primer rey constitucional, un "rey republicano"; y los afrancesados, quizá, lo mejor que hemos tenido. La saña contra ellos, ejercida desde la España ceporra, es prueba suficiente. Hay una imagen que lo resume todo: en las partidas de guerrilleros –esos patriotas antifranceses– algunos llevaban a caballo la guitarra, claveteada con estampitas de santos.

Fuera del casticismo, y contra el casticismo, en el Pepe Botella somos personajes de una película francesa.

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En The Objective.

1.5.18

La crueldad de abril

Entenderá La tierra baldía de T. S. Eliot quien entienda la primera frase del verso cinco, aparentemente paradójica. En la traducción de Sanz Irles: “Nos abrigó el invierno”. Es una frase nihilista, de desentendimiento de la vida. La crueldad de abril consiste en eso: en que la primavera invita a la vida; pero, ¿qué pasa cuando no hay vida? La primavera es la estación de la vida, pero también la de las depresiones. Para los no equipados el letargo invernal era, al fin y al cabo, una solución. “Nos abrigó el invierno” porque el frío de fuera nos excusó de vivir, y replegándonos estábamos calentitos. La posición del cadáver: esa era la solución.

Pero el poema de Eliot empieza después: cuando esa solución se resquebraja, cuando ya no es suficiente. Entenderá La tierra baldía quien entienda la frase “nos abrigó el invierno”, pero la entienda en pasado. Como nostalgia fetal. El presente es el de la intemperie, el de la crueldad de abril. Un presente tenso, roto, incómodo, neurótico, sórdido, violento, mortífero, ridículo, apocado. Predominan el malestar, la angustia, la amenaza, el desconcierto, el tedio, el sinsentido; la punzante conciencia del papelón histórico del ser humano en las postrimerías de la modernidad.

Cuesta trabajo imaginar el impacto que provocarían los versos de Eliot en sus lectores contemporáneos, los de principios del siglo XX. Podemos atisbarlo por el impacto que produjo en nosotros cuando los leímos por primera vez. Entonces no conocíamos las claves de La tierra baldía ni de su gran poema anterior, La canción de amor de J. Alfred Prufrock, por lo que nuestra conmoción fue un estricto logro artístico del poeta. Un logro que sobrevivía en las traducciones. Yo leí esos dos poemas en la de José María Valverde, cuyo Eliot (en español), sin duda por ser el primero, es para mí el canónico. Incluso con sus defectos, porque esos defectos iban en la corriente de la conmoción general: formaban parte de la experiencia. Y hasta los tramos oscuros debidos al traductor y no al poeta reforzaban sus aspectos enigmáticos.

Desde entonces he leído muchas traducciones de La tierra baldía. Además, naturalmente, del original de Eliot, quien en mi percepción particular es el más extravagante de sus traductores: aquel que acertó a plasmar en inglés el poema con una admirable precisión. Valga el juego borgiano para recordar una vez más lo que dijo Borges: que el arte de la traducción dispensa variaciones sobre la misma obra. En toda lectura ocurre, pero en esa lectura especial que es la traducción ocurre de un modo más intenso. No deja de ser un gusto: cómo una misma obra, un mismo poema, emite destellos distintos. Y ensombrecimientos nuevos también.

La traducción de La tierra baldía de mi amigo Sanz Irles (de próxima publicación) está entre las mejores que he leído. Traslada efectiva y elegantemente la sonoridad de Eliot, y hace gala de algo que no suele tenerse en cuenta pero que es sustancial en literatura (y aún más en poesía): la sensibilidad semántica. Una virtud que no siempre tienen los traductores ni (¡ay!) los autores. Sanz Irles se aproxima a la precisión evocadora de Eliot y propicia, cuando ha de hacerlo, su aire oracular. Consigue formulaciones memorables en español, equivalentes a las inglesas, que son la recompensa inmediata del lector de este poema complicado. Gracias a ellas podrá tener la experiencia –o al menos una experiencia– de La tierra baldía.

Las formulaciones memorables de Eliot, junto con la selección de los elementos, la disposición de las situaciones y la composición o el montaje tanto de las cinco partes de La tierra baldía como del poema entero, construyen un artefacto potentísimo que emite radiaciones poéticas. Basta con que lo active el lector. Si este sintoniza con el poema, será alcanzado por su poesía de inmediato, automáticamente. Como todo gran poema, La tierra baldía tiene el poder de afectar por medio de la intuición y de sus incitaciones. A partir de ahí, el lector que quiera seguir profundizando, estudiando, investigando el rico corpus de alusiones que el poema contiene, verá cómo su experiencia se amplifica. La primera lectura, valiosa en sí, puede ser el principio de una serie de lecturas cada cual más valiosa. Aunque todas deberán conservar, si no quieren quedar embalsamadas por la erudición, un eco al menos del estupor de la primera.

Siempre me gusta pensar, o imaginar, que ese estupor lo sintió también T. S. Eliot. La versión inicial del poema era casi el doble de larga y llevaba otro título: Él imita a la policía con diferentes voces (frase tomada de una novela de Dickens). Ezra Pound supo ver en el poema que le entregó Eliot un poema mejor, y gracias a su tijera –y a la inteligencia de Eliot por aceptar sus cortes– La tierra baldía es el poema que conocemos: quizá el mejor del siglo XX en lengua inglesa, y según algunos en cualquier lengua. Con el tiempo, Eliot marcó sus distancias, diciendo de la obra que no fue más que un “desahogo contra la vida” y un “refunfuño rítmico”. Pero los poetas son coquetos cuando más se desnudan. Como dijo Nietzsche: “todo lo que es profundo ama la máscara”.

La tierra baldía se publicó en 1922, el año en que murió Proust y se publicó el Ulises de Joyce; poco después del final de la Gran Guerra, y en plena crisis matrimonial y personal del poeta, que fue profundamente infeliz durante su composición. Esta infelicidad impregna el poema. Pero su efectividad estriba en los recursos modernos empleados, en una época en que estaban agotados los del romanticismo. Eliot se aplicó su propia consigna de que hay que separar “el hombre que sufre y la mente que crea”. Su objetivación o despersonalización (o, como diría Pessoa, su impersonación) en diversas voces y personajes, en los restos de canciones que el poema incluye, en las alusiones a mitos, a textos sagrados y a otras obras literarias, reproduce la apariencia caótica de una cultura en descomposición: doliente, pero también de una perturbadora belleza.

La poética fragmentaria de La tierra baldía está incrustada, a modo de clave, en tres oraciones del propio poema, que aparecen en momentos diferentes. A saber: “no puedes saberlo ni adivinarlo, pues solo has visto / un montón de imágenes rotas donde golpea el sol”; “no logro conectar / nada con nada”; y “con estos fragmentos apuntalé mis ruinas”. Obsérvese que las dos primeras expresan impotencia: “no puedes”, “no logro”, muy en concordancia con el espíritu del poema. Mientras que la tercera, situada casi al final, expresa una acción, frágil pero afirmativa: “apuntalé”. En ello habría consistido la tarea de Eliot: “con estos fragmentos apuntalé mis ruinas”. Otro buen traductor de La tierra baldía, José Luis Palomares, recuerda a propósito a Hofmannsthal: “el papel del poeta consistirá en ser ‘el hermano silencioso de todas las cosas’ en un mundo amenazado por la creciente fragmentación”.

Pero volvamos al comienzo. La crueldad de abril es la de la esterilidad en una estación que llama a la fecundidad. Se trata de una esterilidad tanto personal, humana, como cultural y natural. La leyenda del Rey Pescador, apuntada en el poema, aúna esas dimensiones: la impotencia del rey contagia de impotencia a su reino. Hay una espera tensa, crispada, de la disolución del hechizo. Mientras tanto, en un mundo en decadencia de muertos en vida, cadáveres sembrados como plantas que no brotan, perros, ratas, murciélagos “con cara de niño” y ninfas que han huido del río infectado, sus habitantes padecen una sexualidad que no proporciona ni placer ni hijos: hay soledad a dos, neurasténica; violaciones, abortos, cópulas rutinarias y prostibularias, sexo por engaño. Con referencias, claras o encubiertas, a la Biblia, a los Upanishads, a Dante, a Wagner, a Baudelaire, a Verlaine, a Nerval, a Sófocles, a Petronio, a Homero, a Safo, a Ovidio, a Shakespeare, a autores de teatro isabelinos, a poetas metafísicos ingleses, a trovadores provenzales, a leyendas artúricas, a viejos ritos, a mitos griegos, a Cristo, a San Agustín, a Buda y a multitud de cosas más. En un tiempo en que conviven lo contemporáneo y lo antiguo, con ese Stetson que es un empleado de la City y a la vez un excombatiente de la primera guerra púnica, o el Tiresias tebano que asiste –y desde antes de que ocurriera, por su capacidad visionaria– a la sórdida cita entre “la secretaria” y “el joven purulento” en el apartamento londinense de la primera. Y con las “torres que se derrumban” simultáneamente en “Jerusalén Atenas Alejandría / Viena Londres / irreales”.

Hasta que, tras la insidiosa sequía, tras su acuciante purgatorio, habla el trueno y llueve. El poema ha representado una ceremonia de muerte y renacimiento, que culmina en el catártico verso final: “Shantih shantih shantih”. Eliot traduce shantih en su última nota como “la paz que trasciende el conocimiento”. Podría interpretarse como un desenlace nihilista: aunque presumiblemente plena, esa paz vendría a ser un retorno al abrigo invernal, sin las tensiones de la primavera; un nuevo refugio contra la crueldad de abril. Pero cabe otra interpretación: la de una paz que “trasciende el conocimiento” pero asumiéndolo, sin anularlo. Un poco al modo de esa formulación del budismo más refinado: “samsara es nirvana”. Traduciéndolo abruptamente en términos cristianos: en la condena está la salvación. Tal vez por ello el conocimiento del mundo condenado de La tierra baldía, ese poema infeliz, nos produce felicidad.

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En Jot Down.

30.4.18

La ideología como pre-juicio

No hay nada más reaccionario que la ideología: porque en ella la realidad ya ha quedado fijada en una momia esquemática; en la ideología ya está resuelta, solucionada, la compleja y problemática realidad. La ideología es la gran máquina contra la realidad, hecha para aplastarla.

La ideología es útil en tanto visión sintética del mundo que sirve para la acción. Es un atajo simplificador, que puede ayudar a salir de la parálisis propiciada por el exceso de complejidad. Pero, en la medida en que vaya olvidando este carácter y vaya considerando que su simplificación operativa de la realidad es la realidad, la ideología se enfrentará a la realidad. Su visión coagulada tiende a coagular la realidad líquida.

En un recomendable análisis de Arias Maldonado en Revista de Libros, “La ideología de la ideología” (parte I y parte II), se destaca la descripción que el politólogo italiano Giovanni Sartori hace de la ideología como “un sistema de creencias basado en 1) elementos fijos, caracterizado por 2) una alta intensidad emotiva y por 3) una estructura cognitiva cerrada”.

Últimamente vemos cómo muchos vuelven a acogerse a la ideología, a las ideologías; sin duda por ese “componente ansiolítico que –según Arias Maldonado– comparten con las religiones”. Cada vez más hay insinuaciones preocupantes de lo que en el siglo XX ya se desató, con catastróficas consecuencias. Y, como entonces, con políticos alentándolo irresponsablemente. Calentando en vez de enfriando.

Esta semana han sido las reacciones a la sentencia de La Manada. La indignación legítima –que en parte comparto– se convierte en otra cosa cuando la ideología se interpone; o, cabría decir, se antepone: porque la ideología determina la visión de antemano. Para ella no hace falta juicio, porque basta con su pre-juicio.

Junto con las críticas y las reclamaciones que fomentarán, quizás, leyes más justas (que, con todo, tendrán que seguir viéndoselas con los casos concretos que se vayan presentando), ha habido una turbia amalgama de pulsiones, excesos retóricos, pronunciamientos irracionales, desprecio por la separación de poderes y –lo más inquietante– la apelación al “veredicto social” al margen de los mecanismos legales. No ya legislar, sino enjuiciar en caliente. Sin juicio formal ni garantías procesales. Y a cargo no de jueces, sino de “la gente”, a la que se sitúa al borde de convertirse en horda.

Todavía hay frenos. Y estas manifestaciones se dan en el contexto de una población mayoritariamente civilizada. Paro a estas alturas ya sabemos que todo es frágil y que puede romperse en cualquier momento. El problema de promover la "horda correcta", si cuaja, es qué hacer cuando se presente la "horda incorrecta". ¿Qué argumentos usar, solo los de "contenido"? Si los fuertes, los que valen, son los formales, los institucionales: justo esos que se ha contribuido a debilitar.

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En El Español.

23.4.18

Valls tras Colau: una restitución

La posibilidad de que Manuel Valls sea alcalde de Barcelona ha hecho que se me dispare la imaginación. Y el anhelo de que Barcelona vuelva a ser lo que fue: nuestra París mediterránea –justamente en mi imaginario. Después de la alcaldesa Ada Colau el cambio sería estruendoso.

Valls tras Colau sería (¡exactísimamente!) la Ilustración tras el Oscurantismo. O Truffaut tras Ozores. O Isabelle Huppert tras Empar Moliner. O Proust tras Suso de Toro. Sería un experimento inédito en España: qué hace aquí uno con el bachillerato francés cursado. Reconozco mi provincianismo, pero el afrancesamiento en España han sido esas ganas (nobles) de proyectar civilización en Francia, por ver si nos rebotaba algo.

También las proyectamos en Barcelona, pensando que era lo más cerca que teníamos. Contra lo que el discurso nacionalista afirma, Barcelona (Cataluña en general) no ha sido odiada, sino admirada en España; a veces desde el complejo de inferioridad, que se ha traducido en modos rudos o chistes impotentes del resto de los españoles hacia los catalanes; iguales a los que se han hecho con los franceses, a los que obviamente se ha admirado.

El discurso sentimental es pringoso, pero seguiré con él. Había, sí, admiración. Cuando Punset escribió hace unos meses que siempre se había avergonzado de su acento catalán al hablar en castellano, y proyectaba esa vergüenza suya en una supuesta hostilidad (franquista, cómo no) de los otros, no di crédito. Punset desde siempre nos ha parecido inteligente justo por su acento, que asociábamos a la inteligencia. Y ya vemos qué duraderamente, porque nos ha dado el pego durante cuarenta años.

Los acontecimientos de los últimos tiempos me vienen obligando a pensar que quizá lo mejor de Cataluña era lo que el resto de España había proyectado en ella, esa proyección afrancesada; y lo peor –peor que su realidad– la idea estrecha (excluyente, jibarizadora) que de ella tenían y tienen los nacionalistas.

Valls aportaría, cómo no, grandeur; y lo que es más importante: una idea abstracta de ciudanía (en la que, por ser formal, cabrían todos: en el respeto a la ley democrática), muy superior al sectarismo emocional de Colau, que en eso es como Trump. Colau: la alcaldesa de la mitad (o menos de la mitad) de los barceloneses y de todos los peronistas.

Caigo ahora en que la luminosa manifestación del 8 de octubre la acabé, junto con mis amigos barceloneses, ante la Estación de Francia, donde escuchamos los discursos. ¿Fue una premonición?

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En El Español.

19.4.18

El árbol de la vida

He terminado El árbol de la vida, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el azar objetivo de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en Poesía y Verdad.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese dato que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de El árbol de la vida es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería mi filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

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En The Objective.

16.4.18

Pájaros (¡y pájaras!) Dodó

Siempre me ha fascinado el pájaro Dodó, esa ave de algunas islas del océano Índico que, por no tener competencia, se fue atrofiando hasta convertirse en un bicho antievolutivo. La torpeza no le impedía llevar una vida regalada, pero el ser humano llegó a sus islas –las Mascareñas– en el siglo XVI, y a finales del XVII ya lo había exterminado. Según Wikipedia, el nombre puede venir del portugués dodô, que significa “estúpido”, o del neendarlés dodoor, que significa “holgazán”. Con sus alas nulas ni siquiera podían permitirse el vuelo gallináceo, los animalitos.

Nuestros políticos (¡y políticas!) son a menudo pájaros (¡y pájaras!) Dodó: cuando se instalan en un contexto de poder sin competencia, o en prácticas tramposo-delictivas que se vuelven habituales y ante las que, por ello, se baja la guardia. Pasó con la corrupción de CiU en Cataluña, del PSOE en Andalucía o del PP en Valencia y Madrid; y con las tramas de financiación del PSOE y el PP nacionales. Pasa con los poderes largos y semiabsolutos en democracias defectuosas, con opiniones públicas (o electorados) sectarios o complacientes. El problema está siempre en el ser humano: el ser humano político y el ser humano votante, que se abandonan. Y con el abandono viene la tentación (para el político) o el perdón automático (para el votante afín).

Ahora ha pasado con Cristina Cifuentes, cuyo máster estúpido y holgazán solo se explica por eso: por una inercia de prácticas impunes generalizadas. Hay que ser escrupulosísimos con las acusaciones concretas y, a la hora de afirmar, atenerse a lo resuelto judicialmente, con pruebas y conforme a derecho; tal y como Arcadi Espada y Tsevan Rabtan nos han educado (a palos a veces). Pero alrededor de ese perfil nítido cunde siempre una sombra, una sospecha que nos hace pensar la realidad en términos de novela negra. El periodista y escritor argentino Jorge Fernández Díaz (nada que ver con nuestro exministro homónimo, de triste recordación; aunque con el actual Zoido se ha vuelto a demostrar que no hay nada que no sea empeorable) lo cuenta a propósito de sus novelas: en ellas escribe sobre lo que sabe pero no podría publicar en un periódico por no tenerlo atado.

Esa sombra, esa sospecha, hace que se extienda la desmoralización. A la que contribuyen los partidos políticos y los medios de comunicación cómplices. En estos días son particularmente repulsivos los periodistas de partido; esos columnistas o tertulianos que tratan de salvar a toda costa al PP. “¡No se puede comparar una trampa en un máster con la trama de los ERE o un golpe de Estado!”, vienen a decir. Y en eso tienen razón, claro. Pero con su partidismo abyecto alimentan el caldo podrido en que se cuece todo lo demás. Naturalmente, ocurre igual con los periodistas de enfrente, cuando les toca a los suyos. Estamos siempre en un extenuante ping-pong.

Los peores son, con todo, aquellos –periodistias o políticos– para quienes la corrupción no tiene que ver con la naturaleza humana, sino con la ideología. Situado en la ideología correcta, el político será virtuoso por definición. Esta es la idea que late en los populismos, que cuando llegan al poder resultan los más corruptos de todos. Simplemente porque no priorizaron lo único que cabe, dada la naturaleza humana: el control, el control democrático (incluida la fiscalización del electorado). Lo único que podría hacer que nuestros políticos (¡y políticas!) espabilaran y no cayesen en la tristísima condición de pájaros (¡y pájaras!) Dodó.

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En El Español.

15.4.18

Radiaciones

Del Prólogo de Ernst Jünger a su diario, Radiaciones:
El modo de llevar un diario, lo que quiere decir el modo de poner orden en el aflujo de hechos y pensamientos, forma parte del curso, de la misión que el autor se propone. Hay en eso un consuelo solitario del que se siente necesitado. En una situación en que son los técnicos quienes administran los Estados y los remodelan de acuerdo con sus ideas, están amenazadas de confiscación no sólo las digresiones metafísicas y las consagradas a las Musas, lo está también la pura alegría de vivir. [...] La lucha por un modo propio de ser, la voluntad de salvaguardar un modo propio de ser es uno de los grandes, de los trágicos asuntos de nuestro tiempo.[...] En nuestra cabeza, en nuestro pecho es donde están los circos en que, vestidos con los disfraces del tiempo, se enfrentan la Libertad y el Destino.