21.8.17

Banderitas a los muertos

Qué atroz posibilidad nos brindan los atentados multitudinarios como el de Barcelona. Por el corte de la muerte podemos conocer la vida que por allí pasaba. Son literalmente tranches de vie. Con la crudeza con que traduce Google: rebanadas de vida. Irrumpe una furgoneta y le hace una vivisección a las Ramblas: una vivisección mortal. Pasó lo mismo con los atentados de Atocha de Madrid, con el de las Torres Gemelas de Nueva York, con los recientes de París, Niza, Berlín, Bruselas, Londres, Manchester... O, de nuevo en Barcelona (menciono solo algunos de los occidentales), con el de Hipercor de hace treinta años.

El juego que hacemos a veces de imaginar quiénes son los que pasan por la calle se cumple de repente en el periódico. Vemos sus caras y sus nombres, sabemos qué estaban haciendo, en qué trabajaban, de dónde venían; incluso adónde pensaban ir. Pero ya con una melancolía terrible porque esas vidas se han terminado. Queda un conocimiento póstumo. Y la conclusión de que saber quiénes van por esos flujos callejeros solo es posible cuando se han parado y están muertos. Las minibiografías del periódico tenían aquí por condición ser epitafios.

El corte que el terrorismo yihadista ha efectuado en las Ramblas tiene también el extraño efecto de ser un homenaje a las Ramblas. Fúnebre pero precioso. Los asesinos han mostrado –al matarla– cuánta vida iba por allí: qué variada y plural, qué cosmopolita. Los que hemos paseado por las Ramblas ya lo sabíamos, esa impresión es inmediata; pero asombran los números: al menos treinta y cinco nacionalidades entre heridos y muertos, en aquel corto tramo de una tarde de agosto.

Aunque para nuestros independentistas habrá siempre una nacionalidad más, desgajada. En el ambiente de duelo real, impecable, de la mayoría, hemos tenido que asistir a mezquindades como la del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, que –en un ejercicio de imperialismo carroñero– ha distinguido entre víctimas españolas y catalanas. Ni siquiera en un momento tan doloroso ha sido capaz de reprimir el impulso abusón de ponerles a los cadáveres la banderita. Una banderita utilizada como pegatina; es decir, sectaria y agresivamente.

En este verano abrasivo de desprecio a los turistas (alguno quizá leería la pintada que ha recordado en Twitter nuestro Cristian Campos: Tourist, you are the terrorist), allí estaban ellos: paseando por las Ramblas. Integrándose en la vida que entre todos formaban. La furgoneta arrolló a los que pilló por delante, sin fijarse en banderitas.

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En El Español.

PD.– El amigo Tsevanrabtan me ha hecho ver en Twitter que sin el cuarto párrafo el artículo sería mejor. Acierta. Si lo pudiera corregir lo quitaría. Pero en prensa no se puede corregir.

19.8.17

El limpiabotas y el porteador

No hace falta inventarse taxistas marroquíes de Barcelona. Los que tenemos amigos o vecinos marroquíes en España, o hemos vivido algún tiempo en Marruecos, sabemos que los marroquíes son como los españoles y como los de todo el mundo: no hay un sesgo moral específico; cada individuo es como es. Yo escribí a mi vuelta de Asilah en 2008 sobre dos marroquíes nobles, ejemplares, aliados de la vida. En aquel post, "El desastre anual", titulé el apartado en que hablaba de ellos "Oro puro". Quiero reproducirlo hoy aquí:

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(31-XII-2008) En este viaje he recurrido por primera vez en mi vida a los servicios de dos personajes arquetípicos: un limpiabotas y un porteador. Los dos resultaron ser maestros en su oficio.

Lo del limpiabotas empezó por la palabra portuguesa que lo designa: engraxate. Me la había encontrado recientemente en un texto y no recordaba su significado. Me vino en Asilah, al verlo. Eso hizo que me fijara en él. En la terraza del café de la Medina le estaba limpiando los zapatos, con virtuosismo de violinista, a un francés. Mientras lo hacía miró mis pies, vio que conmigo no había nada que hacer, porque llevaba zapatillas deportivas, y se encogió de hombros con una sonrisa. Cuando terminó con el francés, se ofreció a la mujer que lo acompañaba, una dama bastante atractiva, con algo de Simone de Beauvoir, que llevaba (me fijé entonces) unos elegantes zapatos de tacón. Contuve el aliento, porque estaba a punto de producirse una escena de alta temperatura erótica (me acordé de mi amigo Losada, al que enamoran estos fetichismos), pero la francesa dijo non. Al día siguiente salí con mis zapatos de cuero negro, por si me volvía a encontrar al limpiabotas. Así fue. Me reconoció, se le iluminaron los ojillos al ver mi calzado, le dije que sí y asistí a su interpretación con una sonrisa maravillada. Todos sus movimientos eran precisos y estaban tocados por la gracia. Me acordé, mientras lo observaba, de la Señora Gorda de Salinger. Pensé también que un limpiabotas ha de ser bajito y ágil, como un jockey. Los zapatos quedaron perfectos. Duraron poco así, porque una hora después cayó un chaparrón que me los dejó embarrados: pero durante esa hora yo fui el individuo con los zapatos más limpios y relucientes del mundo.

Al porteador lo contraté ayer, en el viaje de regreso. Se me acercó en cuanto bajé del taxi en el puerto de Tánger y tuve suerte: era el mejor. Su aspecto me recordaba al de uno de los forzudos de la banda de Robin Hood: el hombretón fuerte y noble de las historias de aventuras. Cargó mis bultos en su carretilla y los llevó en volandas hasta el muelle, subiendo y bajando rampas, recorriendo centenares de metros. Los descargó en el puesto 4, pero había una duda: el ferry podía atracar también en el 5, que estaba doscientos metros más allá. Faltaba una hora para que llegase, pero me aseguró que, si atracaba en el 5, volvería. Aunque yo ya le había pagado, le creí. Podía percibirse que a ese hombre le resultaba orgánicamente imposible la traición. Pasó la hora. El ferry se acercaba al puesto 5. Miré al muelle, y por allí venía corriendo con su carretilla el porteador. Me emocionó su nobleza: esa sustancia humana (oro puro) que escasea en los hombres, pero que justifica la especie.

17.8.17

Dolor, impotencia y rabia

Dolor, impotencia y rabia. Por este orden. Y emoción y recuerdo.

Dolor nada más conocer la noticia. Me encontraba en mi casa de Málaga disfrutando de agosto, como las víctimas que paseaban por Las Ramblas de Barcelona. Me he enterado en uno de los vistazos a Twitter. La última vez que estuve en Barcelona me alojé cerca de donde ha salido la furgoneta, en un hotel de la calle Pelayo. El paseo por Las Ramblas lo iniciaba –como tantos barceloneses y turistas– en el lugar de los atropellos de hoy. No he necesitado ver las imágenes para imaginar el horror. La muerte en un lugar lleno de vida.

Impotencia por el atentado, por los crímenes. Ese mal segregado por el ser humano, que lo embadurna con religión e ideología: por lo que cuenta con cómplices, y con emisores de condenas con “pero”, y con equidistantes. Aquí lo hemos vivido hasta la náusea con el terrorismo etarra. Ahora lo vivimos con el terrorismo islamista. Asesinos con aparato retórico.

Rabia al ver lo que escribía Arnaldo Otegi (no he podido evitar asomarme): “Noticias muy preocupantes desde Barcelona. Prudencia y solidaridad con las víctimas de este ataque y con el conjunto de los Països Catalans”. El cómplice de tantísimos crímenes de ETA exhibiendo apestosamente una supuesta “preocupación”, y añadiendo el mojón nacionalista. Abyecto y repulsivo cinismo.

Emoción al leer lo que ha escrito Arcadi Espada en su blog de El Mundo: “Después de tantos años el kilómetro sentimental era esto. Ir tragando decenas y decenas de vídeos, mirando que no esté en ninguno tu hija, habitual por aquellos lugares, que salió por la mañana y ha tardado en responder al teléfono”. Y el recuerdo de que me pasó lo mismo el 11 de marzo de 2004 en Madrid: mi chica solía tomar temprano aquel tren de Atocha y también tardó demasiado en responder.

Y contra estos alivios íntimos se recorta el dolor (hay que volver al dolor) por los que no respondieron, por los que no han respondido esta tarde.

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En The Objective.

14.8.17

Enterrarlos en el mar

Es muy cuco el cartel nazi-leninista de la CUP: la barredora queda muy arriba, sin dejarle sitio a nadie que la barra a ella. Tal es el ventajismo de quien empuña una escoba: transmite el mensaje de que los que deben ser barridos son los otros. Pero ya sabemos que cuando la escoba del antisistema se pone en marcha acaba barriendo también a los barredores: como la del aprendiz de brujo, o la guillotina del Terror (el complemento de esta era el cesto para la cabeza, técnicamente un cubo de basura). Después de tantísima historia (¡tan sangrienta y tan pesada!), podríamos proponer una ley preventiva: barramos de inmediato al que nos sale con una escoba. Luego ya se verá.

Hay que hablar también del culo, de los culos. El dibujante no solo ha puesto heteropatriarcalmente a una barredora en vez de a un barredor, sino que le ha puesto un buen culo. Ya que el mensaje del cartel es muy franquista, propongo bautizarla como Paca la Culona. Así llamaba –recordarán– Queipo de Llano a Franco, que quiso barrer y barrió a media España. Más Paca todavía es el Lenin del cartel inspirador. Se aprecia una enternecedora evolución artística. El dibujante catalán no ha tenido que hacer tan culona a la barrendera, porque expresa su movimiento con tracitos curvos de cómic. El dibujante soviético, en cambio, prescindió de ese recurso y para significar la potencia del barrido necesitó inflar el culo de Lenin, motor de la revolución.

De un dibujo a otro, se observa el achicamiento del espacio y la mengua de la ambición. Es el recorte del nacionalismo. Lenin quiere barrer a los malos del globo terráqueo. La CUP, en cambio, solo aspira a barrerlos de su terruño (aunque en lugar de Catalunya sea el terruño imperialista –o miniimperialista– de los Països Catalans; un terruño españolito de a pie con ambición de ser un poco más alto). Con todo, qué detalle que a los malos no los echen a España –a lo que queda de España– sino al mar.

Un detalle que, con lo simpático que resulta el dibujo, manifiesta su instinto aniquilador. Al fin y al cabo, esos malos hubieran podido sobrevivir en tierra firme, aunque fuese la de España. Pero no, los echan al mar, para que se ahoguen. Cómo no acordarse del poema de Rafael Alberti que cantaba Paco Ibáñez (¡siempre termina saliendo un cantautor en el procés!): “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”. Gran imagen poética, solo que un pelín asesina. Enterrarlos, para que quede claro.

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En El Español.

9.8.17

El turista como extranjero perfecto

El turista es, si bien se mira, el extranjero perfecto. Viene de otro lugar (con frecuencia de otro país) y resulta objetivamente ridículo. Pero no es pobre, ni se ha desplazado para trabajar, ni está perseguido, ni está triste. No puede beneficiarse de ningún tipo de compasión, salvo la que se les dispensa a los bobos. Siempre se piensa que el turista es bobo.

Nietzsche arremete contra ellos en un aforismo de Humano, demasiado humano (1879): “Estúpidos y sudorosos, suben la montaña como animales; alguien se olvidó de decirles que por el camino hay buenas vistas”. Muchas veces me he reído de los turistas así, pero ahora pienso en su grandeza: ¿mirar las vistas, como plebeyos? Ellos se dirigen aristocráticamente a la cumbre (a su objetivo turístico), haciendo abstracción del resto. (De haberlo pensado un poco más, Nietzsche los hubiese aplaudido).

Hace ya años que sufrimos la cargante distinción entre el viajero y el turista. Y esa distinción existe, pero en beneficio del segundo. El viajero juega a la comprensión del territorio por el que viaja, enredando pesadamente a los nativos. El paso del turista, en cambio, es leve. Molesta y ensucia, como todo ser humano, pero no toca el país que visita, que le importa un pimiento: solo busca sus postales. Por eso deja dinero y deja a los nativos en paz. No cae en la ilusión de no ser extranjero.

Nadie quiere al turista. Su único logro afectivo en todas estas décadas ha sido el lema Al turismo, una sonrisa, que era deliberadamente hipócrita, interesado. Y cuyo reverso, a manera de retorno de lo reprimido, aparece estos días como turismofobia. De aquellas sonrisas falsas, estos escupitajos.

La prueba definitiva de la extranjería absoluta del turista es que ni siquiera los que combaten la turismofobia llegan a declararse turistófilos.

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En The Objective.

7.8.17

¡Monedero, ve a asesorarles un poquito más!

¡Monedero, tío, ve a asesorarles un poquito más! Que tu asesoramiento anterior dejó a los venezolanos en la senda del progreso, la democracia, la libertad, la igualdad, la prosperidad y la paz civil, pero te fuiste y todo empezó a torcerse. A lo mejor se desviaron de lo que les marcaste, u olvidaron tus instrucciones... Quién sabe si los disturbios de ahora son la protesta del pueblo (¡de la gente!) para que vuelvas. Ellos deben de sentir que no saben mejorar solos: necesitan a alguien como tú, un cráneo privilegiado como tú, que les lleve por el buen camino. Pagando, claro. Como la otra vez, ellos te pagarán.

Fernando Savater contaba el año pasado en la presentación del libro de José Luis Villacañas sobre el populismo (¡cómo no!) que, cuando viajaba a Venezuela en los primeros tiempos de Hugo Chávez, la gente le decía: “No, no, Chávez no es malo, él quiere hacer las cosas bien. El malo es el gachupín ese que hay detrás”. El “gachupín” era Juan Carlos Monedero. El antiimperialista estaba allí predicando imperialmente el antiimperialismo.

Llevamos ya años soportando las lecciones de Monedero y los suyos sobre lo defectuosa que es nuestra democracia. Tan defectuosa, para ellos, que no es en realidad una democracia. Es un régimen: el “régimen del 78” lo llaman, asimilándolo al franquismo. Nuestra democracia no es una democracia, sino un régimen pseudodemocrático heredero de la dictadura militar de Franco.

Podría pensarse que el modelo que proponen, para tantas ínfulas, es una democracia mejor y sin nada que ver con el militarismo. Pero no. El modelo es la Venezuela bolivariana. Una democracia que ha ido deteriorándose cada vez más hasta convertirse abiertamente (¡cerradamente!) en dictadura. Y con un militar al mando: un militarote de los de la triste tradición latinoamericana. Por supuesto, con consecuencia de ruina, violencia, represión y crimen.

Esta realidad objetiva, sin embargo, Monedero la ve con sus anteojeras ideológicas. O sea, que no la ve. O la ve con filtro algodonoso, con cosquillas agradables. No puede permitir que la dictadura que ha contribuido a construir le amargue este plácido verano suyo de cursos guays, disfraces y carantoñas.

Todavía en estas jornadas aciagas para Venezuela, el autosatisfecho Monedero sigue simultaneando sus elogios al régimen chavista con sus críticas a esta democracia nuestra a la que llama pseudodemocracia. Y junto a él, lo peor de nuestra izquierda, a la que yo llamo pseudoizquierda y que, con su empeño en llamar “de derechas” a las críticos de la izquierda democrática, no hace sino postular una única izquierda posible: la suya, la reaccionaria. La dictatorial.

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En El Español.

31.7.17

El partido único

El mal menor es mucho mal, pero sigue siendo el menor. Qué le vamos a hacer. Esto es lo que hay. (Frases resignadas). El PP se está convirtiendo en la práctica en el partido único, por regalo de sus oponentes de todo el espacio constitucional. Simbólicamente ocurre lo mismo con la bandera española.

Esto, por supuesto, no se puede sostener. Un partido no puede encarnar en solitario el institucionalismo sin que lo que resulte no sea “la dictadura perfecta”, como dijo Mario Vargas Llosa del sistema mexicano del PRI. El PP va camino de ser nuestro PRI. Solo que el caso de España es aún más exótico: son los otros partidos los que se están retirando del sistema, y en una dirección menos democrática que la del PP. Esta constatación, sin embargo, no sirve. Por eso el sistema va camino de su liquidación, o de su anquilosamiento.

La lástima (o la guinda de este asqueroso pastel) es que el PP esté ejerciendo la función de pilar del sistema con una muy escasa ejemplaridad. Es lo que le permite, por otra parte, la falta de competencia. Solo Ciudadanos le empuja un poquito en la buena dirección, en la medida exacta de sus votos: insuficientes. Ciudadanos como partido mejorador, que hubiese mejorado también al PSOE. Pero no fue posible.

El pasado miércoles 26 de julio resultó un día sintomático. En él estuvo todo: un concentrado perfecto de nuestra situación. El presidente Mariano Rajoy declaró como testigo en el juicio del caso Gürtel. Una declaración endeble, con preguntas endebles, como ha pormenorizado el director de EL ESPAÑOL. Podría haber sido la noticia más grave de la jornada. Pero lo cierto es que hubo otras más graves. De Rajoy se ha dicho que es un Don Tancredo y es verdad. Solo hay que añadir que en los otros partidos están locos por saltar a la plaza como subalternos, para desviarle el toro.

En cuanto Rajoy salió de la Audiencia Nacional aparecieron Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, cada uno por su lado pero con similares intervenciones gruesas. Apenas hubo tiempo para que la imagen de Rajoy se mantuviese exenta, socavándolo: enseguida Iglesias y Sánchez le estaban haciendo compañía, y recordándole al electorado que si no es Rajoy serán ellos...

Por la tarde el Parlament de Cataluña aprobó la aberrante reforma del reglamento para la ruptura exprés. Y al anochecer hubo un acto en Lérida con Joan Tardà y Arnaldo Otegi, que escribió en su Twitter: “Cómo han cambiado las cosas. Yo estoy aquí en una conferencia en Lleida con Joan y es Rajoy quien declara en la Audiencia Nacional”. Definitivamente, han dejado solo al PP en el lado presentable. Pese a los políticos del PP.

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En El Español.

26.7.17

El último animal mitológico

He buscado el mail que les escribí a los amigos cuando murió mi padre, con la emoción de entonces: “Venimos de enterrar a mi padre. Murió ayer sábado, 9 de agosto. Ha estado diez días en el hospital, aunque en los tres últimos ya sabíamos que el final era inminente. Estos tres días los ha pasado sedado, dormido y sin sufrimiento alguno. Durante los anteriores, aunque también estaba sedado, guardó un resto de conciencia, que le hacía sensible a las caricias, los besos y las palabras. A veces ponía una mirada como de melancolía infantil, como si fuese a cometer la travesura de morirse, cuando sin duda hubiera preferido quedarse. A veces sonreía. Una enfermera, al mirarlo una tarde, me dijo: ‘Tiene cara de ser muy bueno, muy noble’. Y noté cómo mi padre, con los ojos cerrados, puso una expresión de profunda satisfacción; una sonrisa ética. Ayer, cuando lo amortajaron en la cama del hospital, envuelto solo con la sábana, tenía un rostro sereno y limpio, de paz”.

Fue en 2014. Yo estaba convencido de que el párrafo terminaba con la frase: “Parecía un senador romano”. Ahora me doy cuenta de que no la escribí, aunque la pensé; y he seguido recordándola todo este tiempo. Había buscado el mail por ella. El domingo fui a ver el monólogo de Javier Gomá Inconsolable, en su última representación en el teatro María Guerrero de Madrid. El verano pasado leí el texto cuando se publicó en El Mundo; hoy forma parte del libro La imagen de tu vida (Galaxia Gutenberg). El hijo –así comparece, sin nombre– dice en el momento culminante que su padre muerto parecía un patricio romano. Por este parecido, que fue mi parecido, en la obra se habla de la piedad filial. Inconsolable es un profundo ejercicio de piedad filial. El efecto más compacto de la recreación del duelo del hijo –con las angustias y reflexiones que salen al paso acerca de la muerte, la fugacidad de la vida, el fin de la infancia, las sombras de la edad, la culpa por el comportamiento– es el de la restitución, en estos tiempos, de la figura del padre. Para Gomá, la conmoción que produce su muerte se debe a que el padre no es solo una persona: es “el último animal mitológico”.

La duda trágica de si se ha sido un buen hijo solo puede apaciguarse con la vida que viene: con la vida que le queda al que queda. Mediante la acción ejemplar que honre al padre muerto y transmita la posibilidad de una vida “digna y bella” a los hijos, y al prójimo. Gomá formula su imperativo así: “Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”. La emoción de Inconsolable está en que muestra con intensidad y brillantez ese desgarro: la obra es la escenificación de la injusticia de la muerte del suyo. Y del mío.

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En The Objective.

24.7.17

'Despacito' en el Pavilhão Chinês

Es curiosa la sensación de cómo se sale de España cuando se entra en Lisboa, con lo cerca que está. Puede que se deba a la conjunción de la amabilidad sosegada de los portugueses –respaldada por su idioma– y a la masa atlántica, que abre un horizonte infinito. Es una ciudad metafísica por su océano, como escribió Fernando Pessoa: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. Por este vuelo, y por la sensualidad de su belleza, Lisboa sigue siendo el lugar privilegiado de la Península. Su capital de verdad.

Aunque se ciernen amenazas. En el suntuoso y decadente Pavilhão Chinês, el bar de copas perfecto, en el que debería estar sonando siempre Mahler, sonó la otra noche Despacito; luego un individuo se levantó de una mesa y vi que iba en bañador: su paso era estridente ante las vitrinas con soldaditos de plomo. De madrugada pasaban hordas borrachas bajo el hotel, cerca de la plaza de Camões. Y en la Avenida da Liberdade y en la plaza del Rossio grupos de músicos machacaban las tardes con sus amplificadores... Lo irritante de todos estos delincuentes es que no estaban a la altura de la ciudad.

Por fortuna, esta resurgía a cada tramo. Lisboa está amenazada pero no vencida. Y sigue triunfando desde los miradores. Desde el de São Pedro de Alcântara provisionalmente no, porque se encuentra en obras, pero sí desde el de Santa Catarina, el de Graça, el de Santa Luzia, el de Marquês de Pombal y el del Castelo de São Jorge. Esta vez, además, me di una caminata con mi acompañante por la ribera del Tajo, pasamos por debajo del puente 25 de Abril y llegamos al monumento a los Descubrimientos. Me alegró ver que aquel suelo estaba pavimentado con las ondas del de Copacabana. Caí en que la flota que descubriría Brasil pasó por allí delante...

España, mientras tanto, no paraba de hacer numeritos, como un mono de feria. Cada vez que miraba las noticias me hacía una carantoña, por ver si me fastidiaba el viaje. Desde fuera parece un país más invivible de lo que realmente es. Primero apareció Pere Soler, el nuevo director de los Mossos d’Escuadra, uno de esos fascistas españoles de ahora que, desde su abrasivo tipismo español, están convencidos de que son antiespañoles. Después Ángel María Villar, detenido tras lustros de tragarnos su careto apazguatado al mando de la Federación Española de Fútbol. El 18 de julio nuestros antifranquistas, encabezados por Alberto Garzón, recordaron un año más la fecha, con una minuciosidad que no tuvo ni Fernando Vizcaíno Casas. El 19 Isabel Coixet señalaba que “no ser independentista no significa ser fascista ni de Ciudadanos ni del PP”, una frase en la que está todo.

El penúltimo día de mi viaje, mientras me encontraba visitando la Fundación Gulbenkian, admirado con una copa de alabastro egipcia del 2.700 a. de C., con un parasol veneciano del siglo XVI, con monedas y joyas griegas, cajitas japonesas, biombos chinos y relojes del siglo XVIII que hacían tictac, me llegó la noticia del suicidio de Miguel Blesa. Pensé en la poca sangre que ha habido en todos nuestros años de corrupción, una buena realidad pero un mal síntoma. O un buen síntoma, aunque desestabilizador: transmite la impresión de que todo no es más que una comedia... Pero fuera seguía Lisboa. Y aún me quedaba otro día en la ciudad.

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En El Español.

17.7.17

El semáforo de la politización

Es comprensible la incomodidad de los podemitas ante los homenajes a Miguel Ángel Blanco. Esos homenajes los desmienten; o mejor, les dicen su verdad: los sitúan. Han tenido que hacer malabarismos retóricos para diferenciar su repulsa por el crimen (que yo me creo) de su significado político. Es decir, de eso que han venido llamando, para reprobarlo, su politización, su personalización. Asesinan por razones políticas a una persona, pero si se señala este aspecto crucial se está, según ellos, politizando y personalizando...

Son las prestidigitaciones, una vez más, de quienes hacen un uso exclusivamente estratégico del lenguaje (y de las ideas, de los análisis, de los razonamientos). Ellos están por su causa, y lo que digan tendrá como único fin potenciar su causa. Si aquello de lo que hay que hablar es algo que la cuestiona seriamente, las contorsiones verbales serán de aúpa. Un espectáculo entre risible y patético; para reír o llorar, según nos pille.

Hubiera sido más llevadero si no tuviéramos la experiencia de sus continuas (¡extenuantes!) politizaciones y personalizaciones; si no recordáramos las proclamas de Pablo Iglesias, apenas en septiembre del año pasado, en favor de “politizar el dolor”. Al final el podemismo se arroga el papel de semáforo de la politización. Verde: se puede politizar. Rojo: no se puede politizar.

La idea que late es que ellos tienen el monopolio de la política: de la política legítima. Los demás son usurpadores. En gradación distinta, naturalmente, que va desde aquellos con los que puede haber algún tipo de entendimiento, mayor o menor, hasta los excluidos totales, que serían Ciudadanos y –sobre todo– el PP. En ese deslinde entre lo que es politizable o no se aprecia nuevamente su mentalidad totalitaria, antipluralista. Solo sería politizable, al cabo, aquello que favorece su política y no lo que la cuestiona.

Por eso sus llamamientos a no politizar los homenajes a Miguel Ángel Blanco han sido, en la práctica, su manera partidista de politizarlos: intentando conjurar una politización que no les convenía.

La politización de los homenajes de ahora y de las manifestaciones de hace veinte años es innegable: se abogaba por una política democrática y contra el crimen, en favor de la Constitución. La historia dice que los que trataron de acabar con esta fueron los fascistas (los golpistas) y los etarras. Se comprende que los podemitas se sientan incómodos al verse situados en ese fango. Ellos son otra cosa, de acuerdo. Pero si no consideran legítima la democracia surgida de la Constitución, eso que llaman con desprecio “el régimen del 78”, el fango es ese y no otro. Y cierran el semáforo cuando la ocasión hace que se vea demasiado claro.

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En El Español.

15.7.17

El tiempo recobrado

Fragmentos de El tiempo recobrado, de Marcel Proust; traducción de Consuelo Berges; Alianza Editorial, 1969:

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Pero a veces, en el momento en que todo nos parece perdido, llega la señal que puede salvarnos. (p.212)

En cuanto al libro interior de signos desconocidos [...], para cuya lectura nadie podía ayudarme con regla alguna, esta lectura consistía en un acto de creación en el que nadie puede sustituirnos ni siquiera colaborar con nosotros. Por eso, ¡cuántos renuncian a escribirlo! ¡Cuántas tareas se asumen por renunciar a esa! [...] Pero no eran más que disculpas, porque no tenían, o no tenían ya, talento, es decir, instinto. Pues el instinto dicta el deber y la inteligencia proporciona los pretextos para eludirlo. Pero las excusas no figuran en el arte, pues en el arte no cuentan las intenciones: el artista tiene que escuchar en todo momento a su instinto, por lo que el arte es lo más real que existe, la escuela más austera de la vida y el verdadero Juicio Final. Ese libro, el más penoso de todos de descifrar, es también el único dictado por la realidad, el único cuya “impresión” la ha hecho en nosotros la realidad misma. (227-228)

Lo que no hemos tenido que descifrar, que dilucidar con nuestro esfuerzo personal, lo que estaba claro antes de nosotros, no es nuestro. Solo viene de nosotros mismos lo que nosotros sacamos de la oscuridad que está en nosotros y que los demás no conocen. (228)

Me daba cuenta de que ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo. El deber y el trabajo de un escritor son el deber y el trabajo de un traductor. (240)

Este enderezamiento resulta cosa ardua a la que se resiste nuestra pereza [...]; volver, en fin, todo esto a la verdad sentida de la que tanto se había apartado, es abolir todo aquello que más nos interesaba, lo que, a solas con nosotros mismos, en esos proyectos febriles de letras y de gestiones, ha constituido nuestra conversación apasionada con nosotros mismos. (240-241)

En cambio, la grandeza del arte verdadero [...] estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor, más impenetrabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura, esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. (245-246)

Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. (246)

Ese trabajo del artista, ese trabajo de intentar ver bajo la materia, bajo la experiencia, bajo las palabras, algo diferente, es exactamente el trabajo inverso del que, cada minuto, cuando vivimos apartados de nosotros mismos, el amor propio, la pasión, la inteligencia y también la costumbre, realizan en nosotros cuando amontona encima de nuestras impresiones verdaderas, para ocultárnoslas enteramente, las nomenclaturas, los fines prácticos que llamamos falsamente la vida. En suma, ese arte tan complicado es precisamente el único arte vivo. Solo él expresa para los demás y nos hace ver a nosotros mismos nuestra propia vida, esa vida que no se puede “observar”, esa vida cuyas apariencias que se observan requieren ser traducidas y muchas veces leídas al revés y penosamente descifradas. Ese trabajo que hizo nuestro amor propio, nuestra pasión, nuestro espíritu de imitación, nuestra inteligencia abstracta, nuestros hábitos, es el trabajo que el arte deshará, es la marcha que nos hará seguir, en sentido contrario, el retorno a las profundidades donde yace, desconocido por nosotros, lo que realmente ha existido. (246-247)

Los verdaderos libros deben ser hijos no de la plena luz y de la charla, sino de la oscuridad y del silencio. Y como el arte reconstruye exactamente la vida, en torno a unas verdades halladas en sí mismo flotará siempre una atmósfera de poesía, la dulzura de un misterio que no es más que el vestigio de la penumbra que hemos tenido que atravesar, la indicación, marcada exactamente como por un altímetro, de la profundidad de una obra. (248-249)

Entonces surgió en mí una nueva luz, menos resplandeciente sin duda que la que me había hecho percibir que la obra de arte era el único medio de recobrar el Tiempo perdido. Y comprendí que todos esos materiales de la obra literaria eran mi vida pasada; comprendí que vinieron a mí, en los placeres frívolos, en la pereza, en la ternura, en el dolor, almacenados por mí, sin que yo adivinase su destino, ni su supervivencia, como no adivina el grano poniendo en reserva los alimentos que nutrirán a la planta. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo, sin que me pareciera que mi vida debía entrar nunca en contacto con los libros que yo hubiera querido escribir y para los cuales, cuando en otro tiempo me sentaba a la mesa, no encontraba tema. De suerte que, hasta aquel día, toda mi vida había podido y no hubiera podido resumirse en este título: Una vocación. No habría podido resumirse así porque la literatura no había desempeñado papel alguno en mi vida. Habría podido resumirse así porque esta vida, los recuerdos de sus tristezas, de sus goces formaban una reserva semejante a ese albumen que se aloja en el óvulo de las plantas y del que este saca su alimento para transformarse en grano, en ese tiempo en que todavía se ignora que se desarrolla el embrión de una planta, el cual es, sin embargo, lugar de fenómenos químicos y respiratorios secretos pero muy activos. Mi vida estaba así en relación con lo que traería su maduración. (250-251)

Los años buenos son los años perdidos. (262)

¡Dichosos aquellos que han encontrado la primera antes que la segunda y para los que, por próximas que deban estar una de otra, ha sonado la hora de la verdad antes que la hora de la muerte! (263) [Afortunados aquellos que, por cercana que se halle la una de la otra, suene antes la hora de la verdad que la hora de la muerte. (Tr. Gómez Pin)]

Un hombre que desde la infancia apunta a una misma idea, y para quien su pereza y hasta su estado de salud, al obligarle a aplazar siempre las realizaciones, anula cada noche el día transcurrido y perdido, tanto que la enfermedad que acelera la vejez de su cuerpo retarda la de su espíritu, se sorprende y sufre más al ver que no ha cesado de vivir en el Tiempo, que el que vive poco en sí mismo y se adapta al calendario y no descubre de pronto el total de los años cuya adición ha seguido cotidianamente. Pero una razón más grave explicaba mi angustia; descubría esta acción destructora del tiempo en el momento mismo en que yo pretendía aclarar, intelectualizar en una obra de arte unas realidades extratemporales. (286)

La vejez, que de todas las realidades es quizá aquella de la que más tiempo conservamos una noción abstracta. (288)

Además, esta idea del Tiempo tenía para mí otro valor: era un acicate, me decía que ya era hora de comenzar si quería conseguir lo que a veces sintiera en el transcurso de mi vida, en breves fogonazos, camino de Guermantes, en mis paseos en coche con madame de Villeparisis, y que me hizo considerar la vida como digna de ser vivida. ¡Cuánto más me lo parecía ahora que creía poder esclarecerla, esa vida que vivimos en las tinieblas, traída a la verdad de lo que era, esa vida que falseamos continuamente, por fin realizada en un libro! ¡Qué feliz sería, pensaba yo, el que pudiera escribir un libro así, qué labor ante él! (403)

Mas, volviendo a mí mismo, yo pensaba más modestamente en mi libro, y aún sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran, en mis lectores. Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, pues mi libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento como los que ofrecía a un comprador el óptico de Combray; mi libro, gracias al cual les daría yo el medio de leer en sí mismos, de suerte que no les pediría que me alabaran o denigraran, sino solo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito. (404)

Sí, esta idea del Tiempo que yo acababa de formarme decía que ya era hora de ponerme a la obra. Ya era hora, desde luego; pero, y esto justificaba la ansiedad que se había apoderado de mí desde que entré en el salón, cuando las muecas de los rostros me dieron la noción del tiempo perdido, ¿tenía todavía tiempo y me encontraba además en estado de hacerla? (406-407)

Ahora, sentirme portador de una obra hacía para mí más temible un accidente que me costara la vida. (408)

Pero, en vez de trabajar, viví en la pereza, en la disipación de los placeres, en la enfermedad, en los cuidados, en las manías, y ahora emprendía mi obra en vísperas de morir, sin saber nada de mi oficio. (413)

12.7.17

Crímenes comparables

Alguien dijo, cuando liberaron a José Antonio Ortega Lara, que parecía salido de un campo de concentración nazi. Se horrorizaba de que algo así se hubiera visto de nuevo en Europa. Cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco la comparación fue con los últimos fusilamientos franquistas: la espera atroz, “al alba, al alba...”. Se recurría, pues, al nazismo y al franquismo para dejar patente el carácter de los crímenes de ETA.

Ese afán pedagógico, del que yo suelo echar mano también, es síntoma del mayor fracaso de la historia del siglo XX. En 1997, a tres años (o cuatro) de su final, aún había que recurrir a comparaciones. Uno de los matarifes ideológicos del siglo, el comunismo, se iba de rositas hacia el siguiente...

Y en el siguiente estamos. Pagando esa miseria. Toda la prevención social que por fortuna se mantiene (aunque con sustos) contra el fascismo, desaparece en buena medida cuando se trata del comunismo. Es algo que para mí resulta incomprensible; o cuya comprensión solo se atisba si se considera el fondo religioso, o teológico: la pretensión de pureza (abstracta siempre) pasando por encima del mundo físico, masacrándolo si hace falta.

Con el fascismo era igual, pero sus sacerdotes están desprestigiados. Al contrario que los del comunismo. El rebrote que ha habido últimamente, en todo el mundo y en particular en España, es desolador. Prestigio no es que tengan demasiado nuestros comunistas, pero sí predicamento. Y votos. Con todas las semillas criminales o protocriminales íntegras en su discurso. Que esas semillas no germinen se lo debemos (se lo deben) a las actuales circunstancias históricas: esas mismas que desprecian.

Las comparaciones, sin embargo, me parecen legítimas. Desde la izquierda ilustrada y democrática (¡tan trabajosa!), a estos individuos se les puede equiparar perfectamente a los fascistas. Como estrictos totalitarios que son.

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En The Objective.