23.9.17

Themosted

Themosted es una nueva app de noticias, que se encuentra en fase de desarrollo. Sus creadores se han puesto en contacto conmigo para informarme. El proyecto parece interesante. "Nuestra app –me dicen– proporciona noticias en base a los intereses de cada persona, y en torno a esas noticias se pueden generar conversaciones y eventos de cualquier tipo. Nuestra misión es Transformar cada noticia en una nueva experiencia social". Ya funciona para Android y en un mes estará también para iPhone. Pueden ampliar la información en su web: Themosted.com.


22.9.17

Thomas Bernhard, el turista cero

Veinticinco años después del turista un millón y después y antes de muchos millones de turistas llegó a Torremolinos Thomas Bernhard, el turista cero. No buscaba diversión sino retiro: calidez en el invierno, luz, inacción; el mar y la atmósfera del mar, “que dilatan las venas”. Era diciembre de 1988. El domingo 18, según el traductor Miguel Sáenz. Aunque el editor Sigfried Unseld escribe que vio un contrato firmado por Bernhard en Torremolinos con otro editor el martes 13. En cualquier caso Bernhard, que pensaba quedarse varios meses, tuvo que regresar a Austria por un agravamiento de su enfermedad el sábado 30. Murió en su piso de Gmunden el domingo 12 de febrero de 1989.

En España pretendía recuperarse de un ataque al corazón y descansar de su país, donde el 4 de noviembre se había estrenado con escándalo su última obra, Heldenplatz [Plaza de los Héroes]. En ella dice un personaje: “La verdad es que las cosas son hoy realmente / como eran en el treinta y ocho / hay más nazis ahora en Viena / que en el treinta y ocho [...] En Austria tienes que ser católico / o nacionalsocialista / todo lo demás no se tolera / todo lo demás se aniquila”. El canciller Kurt Waldheim, antiguo nazi, calificó Heldenplatz de “grosero insulto al pueblo austriaco”. Al autor lo intentaron agredir al menos dos veces. Un hombre se le abalanzó con un bastón al grito de “¡Habría que matarlo!”, y una anciana quiso pegarle con una muleta. Otros austriacos celebraron la obra, que resultó un éxito.

En el aeropuerto de Málaga –no está claro si al llegar o al marcharse; lo más probable es que al llegar– se encontró con el escritor suizo Max Frisch. A decir de Bernhard, tenía un aspecto horrible, iba mal vestido y fatigado, y cargaba a duras penas un cesto, seguramente de botellas de vino. Bernhard se prestó a ayudarle, sin sospechar lo que pesaba. Se hizo daño, pero lo peor fue que Frisch le preguntara que cuándo iba a estrenarse Heldenplatz. Unseld, que es el que lo refiere en el libro de su correspondencia con Bernhard (ed. Cómplices), concluye: “Una y otra vez volvía sobre Max Frisch y su pregunta de cuándo sería el estreno de Heldenplatz. Así son los autores”. La conversación entre el autor y el editor, que sería la última, tuvo lugar en Salzburgo el 28 de enero, cinco días después de la muerte de Dalí. Bernhard dijo de este que había sido un excéntrico y le preguntó a Unseld si escribiría su necrológica, aunque él, Bernhard, fuese “el más normal de los hombres. Se le acusaba de fomentar los escándalos [...] cuando la verdad era que estaba echado en Gmunden en su casa y ni siquiera podía salir”.

Casi todos los datos (pocos) sobre la estancia de Bernhard en Torremolinos los ofrece Sáenz en su biografía del escritor (ed. Siruela). Viajó con su hermana Susanne Kuhn, se alojó en una habitación amplia con vistas al mar, la 912, del hotel La Barracuda, en La Carihuela, que estaba lleno de ingleses ruidosos. Bernhard quería apartarse pero al mismo tiempo se sentía solo. No lo llamaban su editor ni el director de teatro Claus Peymann. Tenía ganas de hacer declaraciones: habló por teléfono con el propio Sáenz y con la periodista Krista Fleischmann para concertar entrevistas en año nuevo, que no se llegaron a realizar. Según el periodista Lucas Martín, de La Opinión de Málaga, un agente literario esperó varios días en recepción para hablar con él. Lo logró tras repetidos rechazos.

El 24 de diciembre fue a pasar la Navidad con Bernhard una vieja amiga suya: la actriz Marianne Hoppe, de setenta y nueve años. No sabemos si antes o después, hizo la última excursión: a Gibraltar, con su hermana, en el autobús de línea. A la vuelta se pasaron de parada y tuvieron que bajar en plena autopista, en el desangelado camino intermedio entre Torremolinos y Málaga. Se llevó una alegría en el hotel: recibió un paquete de libros con la edición española de Tala, quizá su novela más divertida y demoledora, que en 1984 había producido otro gran escándalo. Pero su estado empeoró de pronto y su hermano y médico Peter Fabjan acudió a recogerlo desde Austria. Bernhard salió por sí mismo, un día antes de fin de año. Apenas se movió ya de su casa de Gmunden hasta su muerte un mes y medio después.

El hotel La Barracuda tiene tres estrellas. En el libro de conversaciones con Krista Fleischmann (ed. Tusquets), Bernhard dice esto del hotel equivalente que entonces, en 1981, ocupaba en Palma de Mallorca: “Este no es un hotel de lujo, creo incluso que solo tiene tres estrellas, pero me produce el efecto de ser el mayor de los lujos”. El jefe de recepción del Barracuda, Francisco Cisneros, le dijo a Sáenz en 1995 que Bernhard “era un hombre tranquilo, serio, con cierta distinción natural. Pálido (aunque sin aspecto de enfermo) y bien vestido. No era exigente”. Y el director de la época, Federico de Lucchi, le dijo en 2009 a Lucas Martín que “no paseaba por la ciudad, se le veía sólo a la hora del almuerzo” y que su trato con los empleados “era correcto, aunque totalmente distante”. Sobre su salud: “Decían que se estaba muriendo y que por eso no quería saber nada de nadie”. Según Sáenz, “la enfermedad mortal de Bernhard fue el llamado morbus boeck o sarcoidosis, de origen desconocido, que le afectó primero el sistema linfático y luego los pulmones, terminando por producirse una insuficiencia cardíaca y respiratoria irreversibles”. Para el doctor Fabjan, hacía diez años que su hermano debería haber muerto y que había sobrevivido por pura fuerza de voluntad. Aunque en su obra abundan los suicidios, los lectores de su pentalogía autobiográfica, donde se narra su resistencia en los sanatorios, sabemos que Bernhard era esencialmente un antisuicida. Su deseo de vivir podría calificarse de feroz.

En “Geografía del frío” (artículo publicado en la revista Clarín), Cristina Sánchez-Andrade analiza la relación de Bernhard con el frío: cómo lo constituye y cómo huye de él hacia el calor. Cita lo que dice el protagonista de Trastorno: “El frío está dentro de mí, de modo que da igual a dónde vaya, el frío entra en mí conmigo. Me congelo de dentro afuera”. En otro texto de Bernhard el frío es el efecto de la lucidez: “Con la claridad aumenta el frío”. Viajó todo lo que pudo a países cálidos: Persia, Egipto, Israel, el Líbano, y después nada más a Italia, España y Portugal. De España le gustaba oír el español sin entenderlo. “Lo que más sentido tiene aquí –le dijo ocho años antes de morir a Krista Fleischmann– es el calor en noviembre, ¿no?, por eso vienen aquí todos esos viejos. Yo también me siento viejísimo. Soy un escritor clásico, viejísimo, y por eso vengo aquí..., a la cálida estufa del Mediterráneo”.

* * *
Publicado en Torremolinos. De pueblo a mito (Litoral, 2017).

21.9.17

Todo incluido

El hotel era una mezcla de hotel de Torremolinos y hotel de El resplandor. Así lo definían los miembros del equipo que llevaban semanas en él. Yo me incorporé a finales de marzo; ellos habían llegado en febrero. Estábamos rodando una serie de televisión ambientada en Ibiza. De los cinco guionistas, dos nos habíamos quedado en Madrid. Pero hubo una crisis –las cosas se torcieron con el coordinador de guiones– y acabamos en Ibiza también. Los veteranos hablaban del “efecto isla”. A mí me sonaba a algo mágico, supersticioso, o a postureo cursi. Pero en los tres meses que pasé allí comprobé que era cierto. Además de mental, resultó físico: solo que no se daba de inmediato, sino por acumulación.

Era un resort enorme, de esos de all inclusive, o “todo incluido”. Pero aún no habían llegado los turistas de las pulseras de colores. El hotel lo habían abierto solo para nosotros. Generalmente permanecía cerrado durante la temporada baja, que se prolongaba hasta mediados de mayo. Estábamos en la playa d’en Bossa, cerca de la discoteca Space. Por la isla entera había carteles con la imagen del legendario dj Carl Cox, emplazando a su sesión inaugural de mayo. Hasta entonces todo estaba muerto. No sé si las primaveras son siempre desapacibles en Ibiza, pero la de aquel año lo fue: llovió mucho, hizo viento, hubo pocos días plenos de sol. Era 2004. Acababan de ocurrir los atentados de Atocha y la escapada fue, en cualquier caso, un alivio. Suponía un corte anímico con la atmósfera pesada de Madrid.

Me sorprendió el concepto radical de temporada baja que hay en Ibiza. Se ajusta mejor a la otra expresión, más abrupta: fuera de temporada. Yo soy de la Costa del Sol y aquí la vida turística languidece, pero no se extingue. Bastantes hoteles siguen abiertos, y los comercios y los restaurantes. En Ibiza, en aquella larguísima zona de la playa d’en Bossa, se producía una auténtica hibernación. Los hoteles cerraban, apenas quedaban dos o tres sitios donde comer y casi ningún comercio abría. Había locales y locales cerrados y vacíos, sin estanterías siquiera. Hasta mayo no se veía movimiento: primero los pintaban y los acondicionaban y luego los abastecían; casi todos se convertían en supermercados. La vida solo se mantenía en las poblaciones: en la ciudad de Ibiza y en los pueblos, San Antonio, Santa Eulalia, Santa Gertrudis, San José...

Cuando quería salir y no había coche disponible ni tenía paciencia para esperar el autobús –que pasaba de hora en hora, irregularmente–, me iba andando a Ibiza. Una caminata de cuarenta y cinco minutos. La hacía en parte por la playa y en parte por el interior, por la zona de los locales cerrados. Caminar por la playa era hermosísimo pero dificultoso. En la orilla se acumulaban las algas muertas. La posidonia es una especie protegida: sus praderas son las que le dan el tono variable, manchado, al paisaje marino de las Pitiusas. Pero en la arena formaban montañas marrones que parecían el excremento del mar. Al atardecer se llenaban de mosquitos.

En Ibiza me gustaba sentarme en la terraza del hotel Montesol o en alguna de Vara del Rey, pasear por el puerto, recorrer las calles de las viejas casas de marineros, reconvertidas muchas en bares y tiendas hippies, y subir a Dalt Vila, el antiguo núcleo fortificado, para contemplar el panorama desde la muralla, desde algún baluarte. Hacia mar abierto, los islotes próximos y Formentera. Hacia el puerto, el continuo trasiego de los ferrys y los barcos de Baleària. Y las casas vistas desde arriba, con sus habitantes en las azoteas y en las callejuelas, componiendo cuadros pintorescos como sacados del siglo XIX. Los cañones de lo alto recordaban el pasado de invasiones y de ataques piratas de la isla.

La primera vez que subí a Dalt Vila vi en la puerta de un establecimiento un cartelón con recortes de periódico sobre una pareja de artistas hippies: Traspas y Torijano. Eran insultantemente jóvenes y prometedores... en los años setenta, según la fecha. El establecimiento era de ellos: ahora se dedicaban a la artesanía. Me dio vértigo la idea de que, si me asomaba, los vería treinta años después. Renuncié a hacerlo.

Abajo solía caminar por el puerto hasta el faro de Botafoc, el extremo más alejado de la ciudad. Encaramándome por una ladera, llegaba hasta unos acantilados. Al otro lado quedaba el pueblo de Talamanca. No sé si eran esos mismos acantilados, o los que quedaban enfrente, aquellos en cuyo borde se situaba Cioran dudando si arrojarse. Lo cuenta en su Cuaderno de Talamanca, que empieza con esta anotación del 31 de julio de 1966:
Esta noche, sobre las tres, completamente despierto. Imposible seguir más tiempo en la cama. He ido a pasear por la orilla del mar, acompañado de los más sombríos pensamientos. ¿Y si me arrojara desde lo alto del acantilado? He venido hasta aquí por el sol, y yo no puedo soportar el sol. Todo el mundo está moreno, pero yo seguiré blanco, pálido. Mientras me entregaba a toda suerte de reflexiones amargas, contemplaba los pinos, las rocas, las olas “visitadas” por la luna, y de repente me di cuenta de hasta qué punto estaba yo ligado a este hermoso y maldito universo.
Cuando salíamos por la noche los del equipo, el lugar de copas era el Teatro Pereyra, un teatro decimonónico reconvertido en café-bar, con música en directo. Alguna vez fuimos también a Pachá, a un tugurio cercano llamado El Infierno, a un after de Jesús o a la zona de copas de San Antonio, que eran prácticamente los únicos sitios de marcha fuera de temporada. Pero el lugar habitual era el Teatro Pereyra, donde recalaba todo el que iba a Ibiza en esas fechas. El bar lo ocupaba propiamente el antiguo ambigú. Cuando cogimos confianza con los camareros, nos enseñaron el teatro. Se accedía por una puerta situada tras la barra. La visión era impresionante. La sala se conservaba intacta, pero envejecida: los asientos polvorientos, el telón subido, el escenario y los pasillos llenos de cajas de bebidas (hacían de almacén), y por el techo palomas, que revoloteaban de un palco a otro. Parecía que en cualquier momento iba a surgir el fantasma de la ópera...

A veces, si conseguíamos un coche o un jeep de los alquilados por la productora, nos íbamos unos cuantos de excursión a alguna cala, a un chiringuito frente a la isla de Tagomago, a tomar un arroz en Es Cavallet, junto a las salinas, a probar el prodigioso alioli de Es Pins, en la carretera de San Juan, en el interior de la isla, a visitar el mercado hippy de Las Dalias, o a ver cómo los pijipis veían la puesta de sol desde el Café del Mar, en San Antonio. La primera vez no nos podíamos creer que fuesen a aplaudir, pero aplaudieron. Una tarde fuimos tres guionistas y un actor a ver la puesta ante la isla de Es Vedrá. Cuando el sol se ocultó, salimos de nuestro recogimiento, nos miramos y sonreímos. Nos echamos a aplaudir, primero de broma y después no tanto; o mezclando la broma y la no broma. Al final nos quedó como uno de los recuerdos más bonitos: la emoción se había colado en la ironía.

Uno de los primeros fines de semana vino una amiga a visitarme –la única visita que recibí en toda mi estancia– y fuimos a Formentera. Llegamos en el ferry y allí alquilamos un coche. Era un día lluvioso. Subimos al Pilar de la Mola y vimos el famoso faro. Formentera formaba parte del paisaje que se veía desde la playa de mi hotel. A veces me iba a caminar solo en aquella dirección. Llegaba hasta la torre de la Sal Rossa y me internaba por el bosquecillo de la montaña. Otra vez caminé por detrás de la montaña, hasta las salinas. Paseos largos y ascéticos, con frecuencia escuchando música brasileña por el walkman. Todavía existía ese cacharro. Otro rasgo de época: los ordenadores con internet por minutos que había en el hall del hotel y que había que pagar en recepción. Muchas noches inhóspitas las pasé en los chats o en el Messenger, que parecen hoy más viejos que la necrópolis fenicia de Ibiza.

Fue en aquellos meses cuando se desató mi pasión por Thomas Bernhard. Durante años había acumulado libros suyos, pero no los había leído. A Ibiza me llevé Hormigón, porque transcurre en Palma de Mallorca. Lo leí en la primera semana, un día lluvioso, y me entusiasmó. Quise leer más, imperiosamente, ya como un adicto. El apartamento de Madrid se lo había dejado a un amigo en mi ausencia. Lo llamé para que me enviase todos mis libros de Bernhard al hotel. Recibí el paquetón días después y el resto de mi estancia en Ibiza me dediqué a leer a Bernhard; en un estado, ahí sí, de felicidad.

Y había que escribir, por supuesto. Cuando teníamos trabajo, los guionistas nos pasábamos el día en el hotel, escribiendo en nuestras habitaciones, mientras el equipo salía a rodar. El hotel, como he dicho, era inmenso. La entrada estaba en el lado opuesto a la playa. Había un edificio con recepción, un gran hall con mesas bajas y sillones, el bar y el comedor. De ahí se pasaba a un enorme espacio abierto, con una piscina gigante, otra infantil y seis edificios –tres a cada lado– con las habitaciones. El equipo (el personal de producción, el de rodaje, el de maquillaje y vestuario, los actores, los guionistas...) ocupaba solo uno, el del extremo derecho, el más cercano a la playa: los otros cinco estaban vacíos. A veces yo salía y no había absolutamente nadie: un parque temático de la desolación.

Mi habitación estaba en la planta baja. Era una especie de bungaló, con la puerta y las ventanas de madera. Hacia la derecha había un caminito que conducía a una verja alta con un seto. Abriendo la verja, se estaba en la playa. Un día conté los pasos desde la puerta de mi habitación hasta la arena de la playa: veinte. El día que me instalé, me molestó un gorgoteo procedente del sistema de refrigeración. Sonaba todo el día y toda la noche. Pensé llamar para que lo reparasen. Pero lo fui dejando pasar, hasta que me acostumbré. En los momentos de soledad aguda sentí que me hacía compañía, como una mascota. Fue lo más constante que hubo en mi habitación, junto con la escritura de guiones y la lectura de Thomas Bernhard.

Nadie me advirtió el primer día de que el agua del grifo era impracticable: estaba salada. Había que tener agua mineral en el cuarto. Cuando me di cuenta era ya de noche. Tuve que salir, atravesar el inmenso espacio de las piscinas y comprar una botella en la máquina de recepción. El agua del grifo era una de las causantes del “efecto isla”. No era solo que no se pudiera beber, sino que en la ducha no te dejaba el cuerpo limpio del todo. El principal afectado era el pelo, que se iba volviendo áspero. El proceso acumulativo culminaba, al cabo de unas semanas, en un malestar corporal de fondo; no acusado, pero insidioso. En realidad, no me di cuenta hasta que regresé a Madrid y me di la primera ducha “normal”.

Otro causante del “efecto isla” era la comida cotidiana, supergrasienta, del bufé del hotel. Al cabo de unas semanas, estábamos empuercados. También bebíamos mucho. Y circulaba la coca. Casi parecíamos un equipo de Hollywood. Aunque el producto que iba saliendo, cuando pudimos ver el material, era deleznable. En las series de televisión se había propagado entonces, por culpa de Milikito –es decir, de su éxito con Médico de familia–, una suerte de pensamiento mágico. De magia simpática, concretamente. Se consideraba que para atraer a un público amplio había que incluir personajes de todas las franjas de edad. Así que debíamos cruzar tramas y subtramas protagonizadas y subprotagonizadas por los padres, los niños y los abuelos, sin poder desarrollar propiamente ninguna. Por otro lado, los (tampoco abundantes) gags buenos que había en los guiones eran mal dirigidos y peor interpretados. Por eso acabamos no yendo apenas al rodaje.

A principios de mayo, antes de que se abriera el hotel al público, llegó un grupo extrañísimo: lo componían unas cuarenta o cincuenta chicas jóvenes anglosajonas y alemanas, todas con obesidad mórbida. Le preguntamos a un camarero del que nos habíamos hecho amiguetes y nos dijo que eran las chicas que iban a trabajar como cuidadoras de los niños de los clientes durante la temporada. Llegaban antes para un cursillo. Y eran todas así porque así las escogían: introvertidas, con la autoestima baja... para que se centraran en el trabajo y no salieran a probar los placeres diurnos y nocturnos de la isla.

Y al fin abrió el hotel, que se fue llenando rápido. A principios de junio estaba completo. Desde media mañana empezaba el estruendo de los animadores, que no nos dejaba escribir. Al salir de la habitación, se percibía una capa formada con las emanaciones de los protectores solares. Las tumbonas y las piscinas estaban a tope. Desde temprano, los clientes con la pulserita del color convenido ya estaban emborrachándose. El camarero amiguete nos contó que llegaban las familias, soltaban a los niños con las cuidadoras y se dedicaban a estar embriagados toda su estancia. Nos contó la anécdota de una pareja que, después de llevar años alojándose en el hotel, descubrió que al otro lado del seto estaba la playa.

Una mañana iba yo con el ánimo melancólico (tenía una pena que no he contado aquí: en el “todo incluido” algo faltaba) y me puse a caminar por la playa. Estaba llena de bañistas también, pero por la inercia de todas las semanas desapacibles ni se me había ocurrido meterme en el agua. Fui andando por la arena con un cierto espíritu de alucinación, como el extranjero de Camus, aunque sin pistola. Hasta que tropecé tontamente y me quedé un buen rato tal como había caído, sentado de cara al mar. Entonces me di cuenta de que estaba tocado por el “efecto isla”. Los referentes de fuera se habían atenuado. Llevaba más de dos meses en una vida exenta, con sus propios ritmos y sus propias leyes, rodeada. La mente solo encontraba salida en saber que era provisional.

Otra mañana de calor espeso salí a dar una vuelta. Serían las diez o las once. De pronto empecé a ver chicos y chicas medio desnudos, unos quietos y otros deambulando como zombis, solos, en grupo o en pareja, con un erotismo pujante y vicioso aunque pasivo. Se oía música enfrente y allí había muchísimos más: Space había abierto al fin.

* * *
Publicado en Jot Down núm. 19, especial Islas.

20.9.17

El verano de Piglia

No hay nada como tener un autor para un verano lector. Yo este verano he tenido a Piglia. Ha sido, para mí, el verano de Piglia.

Recuerdo otros veranos: el verano de Jünger (1991), el verano de Bernhard (2004). Ernst Jünger, con su fama de frío, me estuvo calentando después todo el invierno; sentía vivamente la brasa de aquella lectura –el calor del verano y el calor de Radiaciones–, como una estufita para los días desapacibles. Y Thomas Bernhard dejó electrificados, tensos y sin grasa, vigorosos, regocijantes, los meses (¡y años!) que siguieron.

Ahora ha sido el escritor argentino Ricardo Piglia, que murió a los setenta y cinco años en enero de este 2017. Yo no lo había leído, porque por lo que había leído sobre él pensaba que era un autor programático. Es decir, de los que tienen una teoría y luego escriben sus obras como ejemplos de su teoría; obras que salen entonces medio muertas y como forzadas: aquejadas de abstracción. Pero Piglia no es eso. Tuve la suerte de empezar por Los diarios de Emilio Renzi (y no porque me interesara Piglia, sino porque me interesan los diarios) y ahí me encontré su relación apasionada y nada programática con la literatura. También me había hecho la idea de que Piglia era pomposo y tampoco: como todos los maestros, es ligero, juguetón. Abre más que cierra.

Los dos primeros tomos de los diarios los leí a principios de julio. Para finales de agosto me había leído en total once libros de Piglia. El duodécimo ha sido el tercer y último tomo de los diarios, que se ha publicado en septiembre. He vuelto ahora a Piglia para terminar el verano y que sea así, definitivamente (¡programáticamente!) el verano de Piglia.

De los diarios me ha gustado su textura: cómo da cabida al ruido diarístico, el ruido de la escritura sin pulir; y que eso funcione. He leído diarios así que no funcionan, que se hacen aburridos. El de Piglia no, por puro mérito literario. Todo diario trabajado es un jardín, y la mayor sofisticación es que ese jardín retenga su aspecto agreste. Piglia lo consigue. Y además introduce variables estructurales que constituyen (¡por decirlo con el lenguaje de los profesores!) una reflexión sobre el género diarístico.

Los elementos del mundo de Piglia son limitados, controlables. Por eso se familiariza uno enseguida con él y los disfruta. Profundizando en ellos, naturalmente: son elementos contados pero fecundos. Escribe sobre la relación entre la ficción y la verdad (sobre el secreto, el enigma –el oráculo– y el misterio, y sobre lo que él llama “la ficción paranoica”), sobre el acto de la lectura y sobre el lector como personaje, sobre el escritor también como personaje, sobre el escritor como crítico, sobre el amor y la pérdida, sobre el deseo y el cuerpo, sobre el dinero, sobre filosofía, sobre psicoanálisis, sobre las quiebras del sujeto, sobre la vida en los márgenes, sobre la incidencia de la política en la vida (algo particularmente abrasivo en Argentina; se aprecia como en ningún otro sitio en la primera parte del tercer tomo de sus diarios, titulada “Los años de la peste”). De su mundo forman igualmente parte sus escritores: los argentinos Borges, Arlt, Sarmiento, Alberdi, Macedonio Fernández o Manuel Puig; los extranjeros que vivieron en Argentina Gombrowicz o Hudson; y Kafka, Hemingway, Pavese, Joyce, Faulkner, Brecht o Bernhard, al que imita a veces.

En una de las anotaciones diarísticas, escrita cuando arrasa la moda del boom, se dice (y le dice al lector futuro) que debe mantenerse apartado de esa moda, trabajando a su ritmo y en su silencio. Uno de los gustos de leerlo ahora es comprobar que acertó: sus libros se mantienen cuando muchos de los otros han pasado.

¿Qué le aconsejaría al lector que quiera iniciarse en Piglia (¡aunque sé que son muchos los lectores ya iniciados en Piglia!)? Propongo los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi (o al menos el primero); el libro de cuentos Nombre falso, que incluye la novela corta de igual título ("Homenaje a Roberto Arlt" se subtitula); los libros de ensayos Formas breves y El último lector; y la novela Respiración artificial. (Recomiendo también, de entre sus numerosos vídeos, las conferencias sobre Borges).

Por mi parte, tengo aún tres libros de Piglia sin leer, tres novelas: La ciudad ausente, Plata quemada y Blanco nocturno. Me las dejo ya para el invierno. O sea, para el verano austral.

* * *
En The Objective.

19.9.17

Litoral: especial Torremolinos

Se ha publicado un número especial de la legendaria revista Litoral: "Torremolinos. De pueblo a mito", de cuya edición se ha ocupado Alfredo Taján. Tengo el gusto (¡y el honor!) de colaborar con el artículo "Thomas Bernhard, el turista cero". Empieza (¡bernhardianamente!) así:
Veinticinco años después del turista un millón y después y antes de muchos millones de turistas llegó a Torremolinos Thomas Bernhard, el turista cero. No buscaba diversión sino retiro: calidez en el invierno, luz, inacción; el mar y la atmósfera del mar, “que dilatan las venas”. Era diciembre de 1988. El domingo 18, según el traductor Miguel Sáenz. Aunque el editor Sigfried Unseld escribe que vio un contrato firmado por Bernhard en Torremolinos con otro editor el martes 13. En cualquier caso Bernhard, que pensaba quedarse varios meses, tuvo que regresar a Austria por un agravamiento de su enfermedad el sábado 30. Murió en su piso de Gmunden el domingo 12 de febrero de 1989.

18.9.17

La maldición

Escribí hace poco que el gran tesoro biográfico de mi generación (la de los españoles nacidos en la década de 1960) iba a ser ya la gran relajación patriótica en que habíamos vivido. Hasta ahora, hasta hace unos años. Y salvo que fuésemos del País Vasco o Cataluña, donde la tensión patriótica del nacionalismo franquista fue sustituida por la tensión patriótica de sus nacionalismos respectivos. Pero fuera de ahí: ¡qué dulzura! ¡La dulzura de vivir sin una bandera atosigando!

La española estaba en los edificios oficiales, civil, quietecita. O moviéndose en los desfiles, dos o tres veces al año. O en alguna que otra manifestación, en las que se colaban fotógrafos para cazar aguiluchos (que solían ser escasos, si había; solo abundaban en grupúsculos nostálgicos). Aparecía en el fútbol, cuando jugaba la selección. En alguna carretera de la Vuelta o el Tour (y siempre en menor cantidad que, por ejemplo, la proetarra). Unos cuantos ciudadanos enfáticos o sentimentales la colgaban en su balcón, pero hasta que España ganó el Mundial en 2010 no más de una docena por cada millón de habitantes. Y prácticamente poco más.

La bandera más grande, la de la plaza de Colón de Madrid, no se puso hasta 2001, cuando mandaba el PP en el gobierno y en la alcaldía. Fue interpretada por muchos como el símbolo del nacionalismo español que volvía, o que nunca se había ido. Pero yo he pasado cientos de veces por allí y todas, cuando he ido con alguien, o hemos ignorado la bandera o hemos hecho un chistecillo. Esa es la relación que hemos tenido con los símbolos patrióticos los de mi generación: o ignorarlos o hacer chistecillos. Como ellos tampoco venían hacia nosotros ni nos imponían nada, la consecuencia era la que he dicho: relajación absoluta.

El correlato quizá fuese ingenuo: pensábamos que, al librarnos de la presión patriótica, nos habíamos librado del fastidioso tema de España. O, por decirlo de otro modo, de nuestra desastrosa historia. Sentíamos que, por un milagro, habíamos escapado del destino que hasta entonces había apresado al país. Leíamos las angustias de Quevedo (“Miré los muros de la patria mía...”), Jovellanos, Larra, Galdós, los autores de la generación del 98, Ortega y Gasset o Cernuda con emoción, pero como algo ya desaparecido. Había un corte entre nosotros y nuestros antepasados. Y habíamos tenido la fortuna de quedar en el lado bueno del corte.

La descomposición presente se ha venido gestando desde entonces. La culpa principal es de los dos grandes partidos, el PSOE y el PP, que han oscilado entre la inconsciencia y la irresponsabilidad. Y también, por supuesto, de los nacionalistas, que han conservado la cepa cancerígena del desastre español. Porque aquí estamos de nuevo: en el desastre español de siempre. No nos habíamos librado de él ni de coña. No había habido ningún corte con nuestros antepasados. El fastidioso tema de España regresa como una maldición.

* * *
En El Español.

11.9.17

Sí al diálogo, pero con nosotros

Ya estamos ante un escenario familiar: el de la petición de diálogo por parte de quienes escogen exhibirse como dialogantes en una situación en que no se dan las condiciones para el diálogo. “Siempre hay tiempo para que Rajoy levante el teléfono”, ha dicho Íñigo Errejón, y lo ha dicho no antes sino después de lo sucedido en el Parlament esta semana. También Pedro Sánchez dice, tras mostrar su apoyo al presidente, que tras la restitución de la legalidad ha de venir el diálogo...

El diálogo, efectivamente, es el ideal civilizatorio. Nada hay más noble que aspirar al diálogo. De ahí su merecido prestigio: un prestigio del que pretenden beneficiarse quienes lo exigen a toda costa. Por desgracia, el diálogo no es siempre posible; ni todo hablar es dialogante. Está el diálogo de sordos, que no es diálogo. O el diálogo de besugos. Lo enojoso de estas modalidades es que basta que uno sea el sordo o el besugo para que el otro quede contagiado. Pero si sucede que solo uno lo es, reprocharles la falta de diálogo a los dos es injusto. El plural de diálogo de sordos y diálogo de besugos lo que indica no es que sean culpables necesariamente los dos, sino que no hay diálogo; para ello, como en las riñas, basta con que uno no quiera.

Con nuestros nacionalistas y populistas hay un problema que se añade a su propensión a imponer su criterio (y más allá del diálogo si se les contraría; baste ver el acoso a los alcaldes que han dicho no), y es que no se están dirigiendo como interlocutores a nosotros –los españoles demócratas de hoy–, sino a unos fantasmas: los españoles franquistas de hace más de cuarenta años. A nosotros nos puentean. Por eso es extenuante todo intento de diálogo con ellos: sencillamente, no nos consideran, no nos ven. Están enfangados en una interlocución imposible con espectros del pasado. Quienes defendemos la España constitucional somos remitidos una y otra vez al franquismo. Para ellos no estamos donde estamos, en una democracia descentralizada y poco o nada nacionalista (y con muchos de nosotros pronunciándonos explícitamente como antinacionalistas), sino en una falsa democracia y en el “nacionalismo español”.

No deja de ser una coartada autoexculpatoria, por supuesto. Quieren convencerse de que el golpe se lo están dando a la dictadura de Franco y no a una democracia europea. La pobre Àngels Martínez, por ejemplo, ha alegado para no pedir perdón por su falta de respeto en el Parlament que la bandera española “fue impuesta por las armas”. Los argumentos de ella y quienes piensan como ella desembocan, tarde o temprano, en la despectiva expresión derogatoria “régimen del 78”.

Y aquí se ve quiénes no están de verdad por el diálogo. Porque si una cosa caracteriza a la Constitución de 1978 es haber sido fruto precisamente del diálogo. Un diálogo tan adecuado a nuestra realidad compleja, que si lo desbaratásemos todo y nos pusiésemos otra vez a dialogar para reconstruirlo, el resultado sería algo muy parecido a esa Constitución. Esto, en el mejor de los casos: y siempre y cuando el diálogo fuese real y entre interlocutores reales.

* * *
En El Español.

6.9.17

La muerte de Sócrates

He podido leer ya un libro que llega mañana a las librerías (y se presenta en una de ellas: la Rafael Alberti de Madrid, a las 19h): La mirada de los peces, de Sergio del Molino (Random House). Tras su éxito de la temporada pasada con La España vacía (Turner), muchos lo están esperando, sobre todo en Twitter. Pero tengo una mala noticia para ellos: es un buen libro.

Escrito con su estilo suelto y eficaz, del que se sirve para poner “la carne en el asador” (algo que siempre irrita a los estiraditos), Del Molino narra sobre todo su relación con un antiguo profesor de filosofía del instituto, a partir de la cual reflexiona sobre el pasado y el presente. Hay un elemento serio en esta reflexión: el profesor, Antonio Aramayona, se suicidó el verano pasado. Estaba lúcido pero enfermo, y decidió finalizar su vida antes de que mermara su lucidez y tuviese que depender de cuidadores.

La grandeza de La mirada de los peces está en el retrato vivo que ofrece del profesor. En tanto que vivo, es contradictorio: el profesor aparece en lo que tenía de adorable y ejemplar, pero también en lo que tenía de cargante. Por lo que escribe Del Molino (y por lo que he visto en el documental de Jon Sistiaga), Aramayona inspiraba devociones. El libro no deja de rendirle culto también, pero incluyendo su cuestionamiento. Esto, que puede resultarles chocante a los devotos, es precioso en realidad: porque evita que el personaje se petrifique. El hombre se mató, pero el libro nos lo trae vivo.

En el tiempo que transcurre entre que Aramayona anuncia que se va a matar y el momento en que lo hace, me he acordado de la muerte de Sócrates; de la velada que Platón cuenta en el Fedón: un periodo tenso, con densidad existencial. No faltan la ligereza ni el humor, pero la ocasión de fondo es grave. Hay un componente legislativo común: el suicidio de Sócrates es por respeto a la ley ateniense, aunque haya sido injusta con él; Aramayona exhibe el suyo como activista en favor del derecho a una muerte digna. Y en ambos casos está el propósito de ser coherentes con la propia filosofía, hasta el final.

Después, quedan vivos los discípulos. Los mejores son los que acogen el impulso del maestro pero no se atienen a su literalidad. Así Sergio del Molino.

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En The Objective.

4.9.17

Estos lodos

Nos encontramos en un momento desagradable, pero de una profunda comprensión. La situación es sucia, pero la suciedad la vemos limpiamente. Es una suciedad de una notable nitidez.

Si de algo ha servido la pasividad del presidente Rajoy con los independentistas catalanes (una pasividad que –por mucho que se ajuste a su carácter– ha tenido más de impotencia que de paciencia), ha sido para que podamos verlos en su integridad: cocidos en su propia salsa, sin intermediación. El esquema ha sido el del adolescente que está pidiendo a gritos que el padre le pare los pies; esas prevenciones contra “los tanques” que nunca llegaban eran secretamente una invocación. Pero el desvanecimiento de la autoridad los ha dejado abandonados a sí mismos: de este modo, han expresado y exhibido su calaña hasta las heces, mostrando el tipo de bicharracos que son.

Uno se propone ser civilizado y hasta moderar el tono, por si contribuyera en algo. Pero se enciende ante tanta basura. Y ante el hecho de que toda esta agresividad gratuita, innecesaria, impresentable y soez la están ejerciendo contra un Estado democrático, contra los ciudadanos españoles y contra la mitad como mínimo de sus conciudadanos catalanes. La patología es que disfrazan la agresión de victimismo, en un juego sórdido que es para vomitar.

A la pregunta de ¿qué se ha hecho mal?, uno está tentado de decir: ¡todo! Porque lo que se ha hecho mal ha sido permitírselo todo durante cuarenta años. Lo que hemos hecho mal ha sido lo que no hemos hecho.

Estábamos, en realidad, vendidos. Franco dejó inservible el patriotismo español. Hacía falta una purga, una cuarentena. Todavía a mí, que tenía nueve años cuando el dictador murió, me da reparo coger una bandera española; y de hecho, no la he cogido nunca. Pero esta reticencia (mía y de todos) que, en la práctica, se tradujo en décadas españolas de una incomparable relajación patriótica –que va camino de ser ya nuestro gran tesoro biográfico–, fue aprovechada por los que sí esgrimían una “patria” incontaminada de franquismo: los nacionalistas. De este modo quedaron impunes para ir desarrollando sin obstáculos su propia modalidad de franquismo...

Con frecuencia me acuerdo del verso de Rimbaud: “Por delicadeza perdí mi vida”. La delicada España de la Transición –delicada, sí, digan lo que digan– se va a ir al garete justo por su delicadeza. Seremos los sudistas de nuestro propio país; pero esta vez la derrota será bella, porque será la de los buenos: la de los que estaban contra la esclavitud. Rosa Parks en el autobús de Garganté.

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En El Español.

PD (7.9.17). Vamos a ganar, porque somos mejores. No por nosotros, sino por lo que defendemos.

1.9.17

Jot Down 20

Acaba de salir el nuevo trimestral en papel de Jot Down, el núm. 20, especial Guerras. Yo colaboro con un artículo sobre la relación de Ernst Jünger con la guerra, que fue variando con la edad: "Jünger y el uniforme congénito". La expresión la he tomado de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial, Radiaciones. En un momento de su entrada del 29 de abril de 1941 escribe: "Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él". La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

28.8.17

Vuelta a Umbral

Yo estoy entre los que se alejaron de Francisco Umbral, aún cuando vivía. Para alejarme, naturalmente, tuve que estar muy cerca. Fue mi primer ídolo literario. Uno de los sitios en que descubrí la literatura fue en la dedicatoria de Memorias de un niño de derechas, el primer libro suyo que leí. Me la sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. Yo ya lo conocía del periódico, pero fue ahí donde me conquistó.

Lo que me gustaba era su doble juego, que saboreábamos los iniciados. Por un lado estaba el Umbral de la prensa y de las entrevistas, brillante, frívolo, epatante, antipático a veces; y por otro el de los libros intimistas, lírico, vulnerable, tierno, y brillante también. Los lectores que habíamos accedido a este recinto disfrutábamos todavía más con los fuegos de artificios del exterior. Yo sentía que hacía el numerito para nosotros.

Viví unos años de apasionamiento hasta que al final, por saturación, me distancié. Escribí contra él incluso. El primer pellizco para la vuelta a Umbral lo sentí cuando murió, hace hoy diez años.

En este tiempo hemos conocido el secreto de quién era su padre (y quién su hermano), gracias a la investigación que hizo Manuel Jabois para El País. De pronto tuvimos a un Umbral mejor, más solo, con la doble desgracia del padre refractario y el hijo muerto. Se hizo nítida su herida y cobró heroísmo su pose. Fue dandy por autodefensa. Aunque la segunda desgracia la había contado en Mortal y rosa, un libro que siempre se ha leído, su éxito y su brillo posteriores hicieron que nos olvidáramos con demasiada facilidad de ella: no la teníamos presente. Con su biografía completada, podemos leerlo –releerlo– sobre ese fondo, que da hondura a sus páginas y acrecienta su mérito.

Ahora leo de tarde en tarde algún libro suyo. Últimamente han sido Diario de un español cansado y Un ser de lejanías. Y picoteo viejos artículos en internet. A los placeres de su prosa y el aroma de un tiempo que se ha ido, hoy se añade un efecto curioso. Conserva su frescura, pero nos resulta raro: y es porque nosotros ya no estamos frescos. Ha habido un empobrecimiento del país, o del ambiente. Así, las cosas que él decía para epatar a los burgueses, y que el público lector celebraba, hoy epatarían en parte a ese público lector, ya burguesito. Se ha achicado el espacio. Pero ahí tenemos los libros de Umbral, para meternos en ellos y que se agrande.

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En El Español.

PD.– Enlazo un audio de la Fundación Juan March en que Jorge Urrutia cuenta el descubrimiento de que Umbral era su tío. A partir del 48:20.

26.8.17

Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

23.8.17

Pequeños

Qué pequeños han sido los nacionalistas en estos días tristísimos para Barcelona, Cataluña, España. Y los que no han sido pequeños es que no son del todo nacionalistas. Serían estos los nacionalistas llevaderos, o conllevaderos: aquellos para los que, aunque se consideren nacionalistas, el nacionalismo no es la razón principal –tendente a absoluta– de su vivir. Aquí hablo de los otros, los nacionalistas puros. Esos insoportables.

El espectáculo que han dado, sobre los cadáveres calientes, ha sido abyecto y repulsivo. Se ha impuesto en ellos la pulsión de abusar, tergiversar, usurpar. Están en una dinámica delirante en la que la realidad se ha disipado; también la de los muertos. Todo vale exclusivamente para la causa. En este sentido, los separatistas han ganado: se han separado por su cuenta y no hay nada que hacer. Solo dejar constancia de la porquería, para que el nacimiento de su nación apeste. (Como ha apestado, por otra parte, el nacimiento de todas las naciones: pero a nosotros nos ha tocado asistir a este).

Además del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, distinguiendo entre víctimas españolas y catalanas, sirvan varios como muestra. Raül Romeva, exhibiéndose en la prensa internacional como “ministro de Exteriores”, satisfecho de que lo tomen en serio al fin. La Asamblea Nacional Catalana, pidiendo a un medio de Estados Unidos que no utilice la bandera española en sus homenajes. Josep Maria Mainat, haciendo propaganda independentista y llamando a votar el 1 de octubre en el referéndum golpista. O este tuit de Súmate: “No sé cómo lo veis pero la frase ‘Si la Guardia Civil viene a cerrar el Parlament se encontrará a los Mossos’ hoy ha tomado otro significado”...

Sí, los nacionalistas han sido pequeños estos días. Aunque la cosa va al revés: por ser pequeños es por lo que son nacionalistas.

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En The Objective.

21.8.17

Banderitas a los muertos

Qué atroz posibilidad nos brindan los atentados multitudinarios como el de Barcelona. Por el corte de la muerte podemos conocer la vida que por allí pasaba. Son literalmente tranches de vie. Con la crudeza con que traduce Google: rebanadas de vida. Irrumpe una furgoneta y le hace una vivisección a las Ramblas: una vivisección mortal. Pasó lo mismo con los atentados de Atocha de Madrid, con el de las Torres Gemelas de Nueva York, con los recientes de París, Niza, Berlín, Bruselas, Londres, Manchester... O, de nuevo en Barcelona (menciono solo algunos de los occidentales), con el de Hipercor de hace treinta años.

El juego que hacemos a veces de imaginar quiénes son los que pasan por la calle se cumple de repente en el periódico. Vemos sus caras y sus nombres, sabemos qué estaban haciendo, en qué trabajaban, de dónde venían; incluso adónde pensaban ir. Pero ya con una melancolía terrible porque esas vidas se han terminado. Queda un conocimiento póstumo. Y la conclusión de que saber quiénes van por esos flujos callejeros solo es posible cuando se han parado y están muertos. Las minibiografías del periódico tenían aquí por condición ser epitafios.

El corte que el terrorismo yihadista ha efectuado en las Ramblas tiene también el extraño efecto de ser un homenaje a las Ramblas. Fúnebre pero precioso. Los asesinos han mostrado –al matarla– cuánta vida iba por allí: qué variada y plural, qué cosmopolita. Los que hemos paseado por las Ramblas ya lo sabíamos, esa impresión es inmediata; pero asombran los números: al menos treinta y cinco nacionalidades entre heridos y muertos, en aquel corto tramo de una tarde de agosto.

Aunque para nuestros independentistas habrá siempre una nacionalidad más, desgajada. En el ambiente de duelo real, impecable, de la mayoría, hemos tenido que asistir a mezquindades como la del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, que –en un ejercicio de imperialismo carroñero– ha distinguido entre víctimas españolas y catalanas. Ni siquiera en un momento tan doloroso ha sido capaz de reprimir el impulso abusón de ponerles a los cadáveres la banderita. Una banderita utilizada como pegatina; es decir, sectaria y agresivamente.

En este verano abrasivo de desprecio a los turistas (alguno quizá leería la pintada que ha recordado en Twitter nuestro Cristian Campos: Tourist, you are the terrorist), allí estaban ellos: paseando por las Ramblas. Integrándose en la vida que entre todos formaban. La furgoneta arrolló a los que pilló por delante, sin fijarse en banderitas.

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En El Español.

PD.– El amigo Tsevan Rabtan me ha hecho ver en Twitter que sin el cuarto párrafo el artículo sería mejor. Acierta. Si lo pudiera corregir lo quitaría. Pero en prensa no se puede corregir.

19.8.17

El limpiabotas y el porteador

No hace falta inventarse taxistas marroquíes de Barcelona. Los que tenemos amigos o vecinos marroquíes en España, o hemos vivido algún tiempo en Marruecos, sabemos que los marroquíes son como los españoles y como los de todo el mundo: no hay un sesgo moral específico; cada individuo es como es. Yo escribí a mi vuelta de Asilah en 2008 sobre dos marroquíes nobles, ejemplares, aliados de la vida. En aquel post, "El desastre anual", titulé el apartado en que hablaba de ellos "Oro puro". Quiero reproducirlo hoy aquí:

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(31-XII-2008) En este viaje he recurrido por primera vez en mi vida a los servicios de dos personajes arquetípicos: un limpiabotas y un porteador. Los dos resultaron ser maestros en su oficio.

Lo del limpiabotas empezó por la palabra portuguesa que lo designa: engraxate. Me la había encontrado recientemente en un texto y no recordaba su significado. Me vino en Asilah, al verlo. Eso hizo que me fijara en él. En la terraza del café de la Medina le estaba limpiando los zapatos, con virtuosismo de violinista, a un francés. Mientras lo hacía miró mis pies, vio que conmigo no había nada que hacer, porque llevaba zapatillas deportivas, y se encogió de hombros con una sonrisa. Cuando terminó con el francés, se ofreció a la mujer que lo acompañaba, una dama bastante atractiva, con algo de Simone de Beauvoir, que llevaba (me fijé entonces) unos elegantes zapatos de tacón. Contuve el aliento, porque estaba a punto de producirse una escena de alta temperatura erótica (me acordé de mi amigo Losada, al que enamoran estos fetichismos), pero la francesa dijo non. Al día siguiente salí con mis zapatos de cuero negro, por si me volvía a encontrar al limpiabotas. Así fue. Me reconoció, se le iluminaron los ojillos al ver mi calzado, le dije que sí y asistí a su interpretación con una sonrisa maravillada. Todos sus movimientos eran precisos y estaban tocados por la gracia. Me acordé, mientras lo observaba, de la Señora Gorda de Salinger. Pensé también que un limpiabotas ha de ser bajito y ágil, como un jockey. Los zapatos quedaron perfectos. Duraron poco así, porque una hora después cayó un chaparrón que me los dejó embarrados: pero durante esa hora yo fui el individuo con los zapatos más limpios y relucientes del mundo.

Al porteador lo contraté ayer, en el viaje de regreso. Se me acercó en cuanto bajé del taxi en el puerto de Tánger y tuve suerte: era el mejor. Su aspecto me recordaba al de uno de los forzudos de la banda de Robin Hood: el hombretón fuerte y noble de las historias de aventuras. Cargó mis bultos en su carretilla y los llevó en volandas hasta el muelle, subiendo y bajando rampas, recorriendo centenares de metros. Los descargó en el puesto 4, pero había una duda: el ferry podía atracar también en el 5, que estaba doscientos metros más allá. Faltaba una hora para que llegase, pero me aseguró que, si atracaba en el 5, volvería. Aunque yo ya le había pagado, le creí. Podía percibirse que a ese hombre le resultaba orgánicamente imposible la traición. Pasó la hora. El ferry se acercaba al puesto 5. Miré al muelle, y por allí venía corriendo con su carretilla el porteador. Me emocionó su nobleza: esa sustancia humana (oro puro) que escasea en los hombres, pero que justifica la especie.

17.8.17

Dolor, impotencia y rabia

Dolor, impotencia y rabia. Por este orden. Y emoción y recuerdo.

Dolor nada más conocer la noticia. Me encontraba en mi casa de Málaga disfrutando de agosto, como las víctimas que paseaban por Las Ramblas de Barcelona. Me he enterado en uno de los vistazos a Twitter. La última vez que estuve en Barcelona me alojé cerca de donde ha salido la furgoneta, en un hotel de la calle Pelayo. El paseo por Las Ramblas lo iniciaba –como tantos barceloneses y turistas– en el lugar de los atropellos de hoy. No he necesitado ver las imágenes para imaginar el horror. La muerte en un lugar lleno de vida.

Impotencia por el atentado, por los crímenes. Ese mal segregado por el ser humano, que lo embadurna con religión e ideología: por lo que cuenta con cómplices, y con emisores de condenas con “pero”, y con equidistantes. Aquí lo hemos vivido hasta la náusea con el terrorismo etarra. Ahora lo vivimos con el terrorismo islamista. Asesinos con aparato retórico.

Rabia al ver lo que escribía Arnaldo Otegi (no he podido evitar asomarme): “Noticias muy preocupantes desde Barcelona. Prudencia y solidaridad con las víctimas de este ataque y con el conjunto de los Països Catalans”. El cómplice de tantísimos crímenes de ETA exhibiendo apestosamente una supuesta “preocupación”, y añadiendo el mojón nacionalista. Abyecto y repulsivo cinismo.

Emoción al leer lo que ha escrito Arcadi Espada en su blog de El Mundo: “Después de tantos años el kilómetro sentimental era esto. Ir tragando decenas y decenas de vídeos, mirando que no esté en ninguno tu hija, habitual por aquellos lugares, que salió por la mañana y ha tardado en responder al teléfono”. Y el recuerdo de que me pasó lo mismo el 11 de marzo de 2004 en Madrid: mi chica solía tomar temprano aquel tren de Atocha y también tardó demasiado en responder.

Y contra estos alivios íntimos se recorta el dolor (hay que volver al dolor) por los que no respondieron, por los que no han respondido esta tarde.

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En The Objective.

14.8.17

Enterrarlos en el mar

Es muy cuco el cartel nazi-leninista de la CUP: la barredora queda muy arriba, sin dejarle sitio a nadie que la barra a ella. Tal es el ventajismo de quien empuña una escoba: transmite el mensaje de que los que deben ser barridos son los otros. Pero ya sabemos que cuando la escoba del antisistema se pone en marcha acaba barriendo también a los barredores: como la del aprendiz de brujo, o la guillotina del Terror (el complemento de esta era el cesto para la cabeza, técnicamente un cubo de basura). Después de tantísima historia (¡tan sangrienta y tan pesada!), podríamos proponer una ley preventiva: barramos de inmediato al que nos sale con una escoba. Luego ya se verá.

Hay que hablar también del culo, de los culos. El dibujante no solo ha puesto heteropatriarcalmente a una barredora en vez de a un barredor, sino que le ha puesto un buen culo. Ya que el mensaje del cartel es muy franquista, propongo bautizarla como Paca la Culona. Así llamaba –recordarán– Queipo de Llano a Franco, que quiso barrer y barrió a media España. Más Paca todavía es el Lenin del cartel inspirador. Se aprecia una enternecedora evolución artística. El dibujante catalán no ha tenido que hacer tan culona a la barrendera, porque expresa su movimiento con tracitos curvos de cómic. El dibujante soviético, en cambio, prescindió de ese recurso y para significar la potencia del barrido necesitó inflar el culo de Lenin, motor de la revolución.

De un dibujo a otro, se observa el achicamiento del espacio y la mengua de la ambición. Es el recorte del nacionalismo. Lenin quiere barrer a los malos del globo terráqueo. La CUP, en cambio, solo aspira a barrerlos de su terruño (aunque en lugar de Catalunya sea el terruño imperialista –o miniimperialista– de los Països Catalans; un terruño españolito de a pie con ambición de ser un poco más alto). Con todo, qué detalle que a los malos no los echen a España –a lo que queda de España– sino al mar.

Un detalle que, con lo simpático que resulta el dibujo, manifiesta su instinto aniquilador. Al fin y al cabo, esos malos hubieran podido sobrevivir en tierra firme, aunque fuese la de España. Pero no, los echan al mar, para que se ahoguen. Cómo no acordarse del poema de Rafael Alberti que cantaba Paco Ibáñez (¡siempre termina saliendo un cantautor en el procés!): “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”. Gran imagen poética, solo que un pelín asesina. Enterrarlos, para que quede claro.

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En El Español.

9.8.17

El turista como extranjero perfecto

El turista es, si bien se mira, el extranjero perfecto. Viene de otro lugar (con frecuencia de otro país) y resulta objetivamente ridículo. Pero no es pobre, ni se ha desplazado para trabajar, ni está perseguido, ni está triste. No puede beneficiarse de ningún tipo de compasión, salvo la que se les dispensa a los bobos. Siempre se piensa que el turista es bobo.

Nietzsche arremete contra ellos en un aforismo de Humano, demasiado humano (1879): “Estúpidos y sudorosos, suben la montaña como animales; alguien se olvidó de decirles que por el camino hay buenas vistas”. Muchas veces me he reído de los turistas así, pero ahora pienso en su grandeza: ¿mirar las vistas, como plebeyos? Ellos se dirigen aristocráticamente a la cumbre (a su objetivo turístico), haciendo abstracción del resto. (De haberlo pensado un poco más, Nietzsche los hubiese aplaudido).

Hace ya años que sufrimos la cargante distinción entre el viajero y el turista. Y esa distinción existe, pero en beneficio del segundo. El viajero juega a la comprensión del territorio por el que viaja, enredando pesadamente a los nativos. El paso del turista, en cambio, es leve. Molesta y ensucia, como todo ser humano, pero no toca el país que visita, que le importa un pimiento: solo busca sus postales. Por eso deja dinero y deja a los nativos en paz. No cae en la ilusión de no ser extranjero.

Nadie quiere al turista. Su único logro afectivo en todas estas décadas ha sido el lema Al turismo, una sonrisa, que era deliberadamente hipócrita, interesado. Y cuyo reverso, a manera de retorno de lo reprimido, aparece estos días como turismofobia. De aquellas sonrisas falsas, estos escupitajos.

La prueba definitiva de la extranjería absoluta del turista es que ni siquiera los que combaten la turismofobia llegan a declararse turistófilos.

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En The Objective.

7.8.17

¡Monedero, ve a asesorarles un poquito más!

¡Monedero, tío, ve a asesorarles un poquito más! Que tu asesoramiento anterior dejó a los venezolanos en la senda del progreso, la democracia, la libertad, la igualdad, la prosperidad y la paz civil, pero te fuiste y todo empezó a torcerse. A lo mejor se desviaron de lo que les marcaste, u olvidaron tus instrucciones... Quién sabe si los disturbios de ahora son la protesta del pueblo (¡de la gente!) para que vuelvas. Ellos deben de sentir que no saben mejorar solos: necesitan a alguien como tú, un cráneo privilegiado como tú, que les lleve por el buen camino. Pagando, claro. Como la otra vez, ellos te pagarán.

Fernando Savater contaba el año pasado en la presentación del libro de José Luis Villacañas sobre el populismo (¡cómo no!) que, cuando viajaba a Venezuela en los primeros tiempos de Hugo Chávez, la gente le decía: “No, no, Chávez no es malo, él quiere hacer las cosas bien. El malo es el gachupín ese que hay detrás”. El “gachupín” era Juan Carlos Monedero. El antiimperialista estaba allí predicando imperialmente el antiimperialismo.

Llevamos ya años soportando las lecciones de Monedero y los suyos sobre lo defectuosa que es nuestra democracia. Tan defectuosa, para ellos, que no es en realidad una democracia. Es un régimen: el “régimen del 78” lo llaman, asimilándolo al franquismo. Nuestra democracia no es una democracia, sino un régimen pseudodemocrático heredero de la dictadura militar de Franco.

Podría pensarse que el modelo que proponen, para tantas ínfulas, es una democracia mejor y sin nada que ver con el militarismo. Pero no. El modelo es la Venezuela bolivariana. Una democracia que ha ido deteriorándose cada vez más hasta convertirse abiertamente (¡cerradamente!) en dictadura. Y con un militar al mando: un militarote de los de la triste tradición latinoamericana. Por supuesto, con consecuencia de ruina, violencia, represión y crimen.

Esta realidad objetiva, sin embargo, Monedero la ve con sus anteojeras ideológicas. O sea, que no la ve. O la ve con filtro algodonoso, con cosquillas agradables. No puede permitir que la dictadura que ha contribuido a construir le amargue este plácido verano suyo de cursos guays, disfraces y carantoñas.

Todavía en estas jornadas aciagas para Venezuela, el autosatisfecho Monedero sigue simultaneando sus elogios al régimen chavista con sus críticas a esta democracia nuestra a la que llama pseudodemocracia. Y junto a él, lo peor de nuestra izquierda, a la que yo llamo pseudoizquierda y que, con su empeño en llamar “de derechas” a las críticos de la izquierda democrática, no hace sino postular una única izquierda posible: la suya, la reaccionaria. La dictatorial.

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En El Español.

31.7.17

El partido único

El mal menor es mucho mal, pero sigue siendo el menor. Qué le vamos a hacer. Esto es lo que hay. (Frases resignadas). El PP se está convirtiendo en la práctica en el partido único, por regalo de sus oponentes de todo el espacio constitucional. Simbólicamente ocurre lo mismo con la bandera española.

Esto, por supuesto, no se puede sostener. Un partido no puede encarnar en solitario el institucionalismo sin que lo que resulte no sea “la dictadura perfecta”, como dijo Mario Vargas Llosa del sistema mexicano del PRI. El PP va camino de ser nuestro PRI. Solo que el caso de España es aún más exótico: son los otros partidos los que se están retirando del sistema, y en una dirección menos democrática que la del PP. Esta constatación, sin embargo, no sirve. Por eso el sistema va camino de su liquidación, o de su anquilosamiento.

La lástima (o la guinda de este asqueroso pastel) es que el PP esté ejerciendo la función de pilar del sistema con una muy escasa ejemplaridad. Es lo que le permite, por otra parte, la falta de competencia. Solo Ciudadanos le empuja un poquito en la buena dirección, en la medida exacta de sus votos: insuficientes. Ciudadanos como partido mejorador, que hubiese mejorado también al PSOE. Pero no fue posible.

El pasado miércoles 26 de julio resultó un día sintomático. En él estuvo todo: un concentrado perfecto de nuestra situación. El presidente Mariano Rajoy declaró como testigo en el juicio del caso Gürtel. Una declaración endeble, con preguntas endebles, como ha pormenorizado el director de EL ESPAÑOL. Podría haber sido la noticia más grave de la jornada. Pero lo cierto es que hubo otras más graves. De Rajoy se ha dicho que es un Don Tancredo y es verdad. Solo hay que añadir que en los otros partidos están locos por saltar a la plaza como subalternos, para desviarle el toro.

En cuanto Rajoy salió de la Audiencia Nacional aparecieron Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, cada uno por su lado pero con similares intervenciones gruesas. Apenas hubo tiempo para que la imagen de Rajoy se mantuviese exenta, socavándolo: enseguida Iglesias y Sánchez le estaban haciendo compañía, y recordándole al electorado que si no es Rajoy serán ellos...

Por la tarde el Parlament de Cataluña aprobó la aberrante reforma del reglamento para la ruptura exprés. Y al anochecer hubo un acto en Lérida con Joan Tardà y Arnaldo Otegi, que escribió en su Twitter: “Cómo han cambiado las cosas. Yo estoy aquí en una conferencia en Lleida con Joan y es Rajoy quien declara en la Audiencia Nacional”. Definitivamente, han dejado solo al PP en el lado presentable. Pese a los políticos del PP.

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En El Español.

26.7.17

El último animal mitológico

He buscado el mail que les escribí a los amigos cuando murió mi padre, con la emoción de entonces: “Venimos de enterrar a mi padre. Murió ayer sábado, 9 de agosto. Ha estado diez días en el hospital, aunque en los tres últimos ya sabíamos que el final era inminente. Estos tres días los ha pasado sedado, dormido y sin sufrimiento alguno. Durante los anteriores, aunque también estaba sedado, guardó un resto de conciencia, que le hacía sensible a las caricias, los besos y las palabras. A veces ponía una mirada como de melancolía infantil, como si fuese a cometer la travesura de morirse, cuando sin duda hubiera preferido quedarse. A veces sonreía. Una enfermera, al mirarlo una tarde, me dijo: ‘Tiene cara de ser muy bueno, muy noble’. Y noté cómo mi padre, con los ojos cerrados, puso una expresión de profunda satisfacción; una sonrisa ética. Ayer, cuando lo amortajaron en la cama del hospital, envuelto solo con la sábana, tenía un rostro sereno y limpio, de paz”.

Fue en 2014. Yo estaba convencido de que el párrafo terminaba con la frase: “Parecía un senador romano”. Ahora me doy cuenta de que no la escribí, aunque la pensé; y he seguido recordándola todo este tiempo. Había buscado el mail por ella. El domingo fui a ver el monólogo de Javier Gomá Inconsolable, en su última representación en el teatro María Guerrero de Madrid. El verano pasado leí el texto cuando se publicó en El Mundo; hoy forma parte del libro La imagen de tu vida (Galaxia Gutenberg). El hijo –así comparece, sin nombre– dice en el momento culminante que su padre muerto parecía un patricio romano. Por este parecido, que fue mi parecido, en la obra se habla de la piedad filial. Inconsolable es un profundo ejercicio de piedad filial. El efecto más compacto de la recreación del duelo del hijo –con las angustias y reflexiones que salen al paso acerca de la muerte, la fugacidad de la vida, el fin de la infancia, las sombras de la edad, la culpa por el comportamiento– es el de la restitución, en estos tiempos, de la figura del padre. Para Gomá, la conmoción que produce su muerte se debe a que el padre no es solo una persona: es “el último animal mitológico”.

La duda trágica de si se ha sido un buen hijo solo puede apaciguarse con la vida que viene: con la vida que le queda al que queda. Mediante la acción ejemplar que honre al padre muerto y transmita la posibilidad de una vida “digna y bella” a los hijos, y al prójimo. Gomá formula su imperativo así: “Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”. La emoción de Inconsolable está en que muestra con intensidad y brillantez ese desgarro: la obra es la escenificación de la injusticia de la muerte del suyo. Y del mío.

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En The Objective.

24.7.17

'Despacito' en el Pavilhão Chinês

Es curiosa la sensación de cómo se sale de España cuando se entra en Lisboa, con lo cerca que está. Puede que se deba a la conjunción de la amabilidad sosegada de los portugueses –respaldada por su idioma– y a la masa atlántica, que abre un horizonte infinito. Es una ciudad metafísica por su océano, como escribió Fernando Pessoa: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. Por este vuelo, y por la sensualidad de su belleza, Lisboa sigue siendo el lugar privilegiado de la Península. Su capital de verdad.

Aunque se ciernen amenazas. En el suntuoso y decadente Pavilhão Chinês, el bar de copas perfecto, en el que debería estar sonando siempre Mahler, sonó la otra noche Despacito; luego un individuo se levantó de una mesa y vi que iba en bañador: su paso era estridente ante las vitrinas con soldaditos de plomo. De madrugada pasaban hordas borrachas bajo el hotel, cerca de la plaza de Camões. Y en la Avenida da Liberdade y en la plaza del Rossio grupos de músicos machacaban las tardes con sus amplificadores... Lo irritante de todos estos delincuentes es que no estaban a la altura de la ciudad.

Por fortuna, esta resurgía a cada tramo. Lisboa está amenazada pero no vencida. Y sigue triunfando desde los miradores. Desde el de São Pedro de Alcântara provisionalmente no, porque se encuentra en obras, pero sí desde el de Santa Catarina, el de Graça, el de Santa Luzia, el de Marquês de Pombal y el del Castelo de São Jorge. Esta vez, además, me di una caminata con mi acompañante por la ribera del Tajo, pasamos por debajo del puente 25 de Abril y llegamos al monumento a los Descubrimientos. Me alegró ver que aquel suelo estaba pavimentado con las ondas del de Copacabana. Caí en que la flota que descubriría Brasil pasó por allí delante...

España, mientras tanto, no paraba de hacer numeritos, como un mono de feria. Cada vez que miraba las noticias me hacía una carantoña, por ver si me fastidiaba el viaje. Desde fuera parece un país más invivible de lo que realmente es. Primero apareció Pere Soler, el nuevo director de los Mossos d’Escuadra, uno de esos fascistas españoles de ahora que, desde su abrasivo tipismo español, están convencidos de que son antiespañoles. Después Ángel María Villar, detenido tras lustros de tragarnos su careto apazguatado al mando de la Federación Española de Fútbol. El 18 de julio nuestros antifranquistas, encabezados por Alberto Garzón, recordaron un año más la fecha, con una minuciosidad que no tuvo ni Fernando Vizcaíno Casas. El 19 Isabel Coixet señalaba que “no ser independentista no significa ser fascista ni de Ciudadanos ni del PP”, una frase en la que está todo.

El penúltimo día de mi viaje, mientras me encontraba visitando la Fundación Gulbenkian, admirado con una copa de alabastro egipcia del 2.700 a. de C., con un parasol veneciano del siglo XVI, con monedas y joyas griegas, cajitas japonesas, biombos chinos y relojes del siglo XVIII que hacían tictac, me llegó la noticia del suicidio de Miguel Blesa. Pensé en la poca sangre que ha habido en todos nuestros años de corrupción, una buena realidad pero un mal síntoma. O un buen síntoma, aunque desestabilizador: transmite la impresión de que todo no es más que una comedia... Pero fuera seguía Lisboa. Y aún me quedaba otro día en la ciudad.

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En El Español.

17.7.17

El semáforo de la politización

Es comprensible la incomodidad de los podemitas ante los homenajes a Miguel Ángel Blanco. Esos homenajes los desmienten; o mejor, les dicen su verdad: los sitúan. Han tenido que hacer malabarismos retóricos para diferenciar su repulsa por el crimen (que yo me creo) de su significado político. Es decir, de eso que han venido llamando, para reprobarlo, su politización, su personalización. Asesinan por razones políticas a una persona, pero si se señala este aspecto crucial se está, según ellos, politizando y personalizando...

Son las prestidigitaciones, una vez más, de quienes hacen un uso exclusivamente estratégico del lenguaje (y de las ideas, de los análisis, de los razonamientos). Ellos están por su causa, y lo que digan tendrá como único fin potenciar su causa. Si aquello de lo que hay que hablar es algo que la cuestiona seriamente, las contorsiones verbales serán de aúpa. Un espectáculo entre risible y patético; para reír o llorar, según nos pille.

Hubiera sido más llevadero si no tuviéramos la experiencia de sus continuas (¡extenuantes!) politizaciones y personalizaciones; si no recordáramos las proclamas de Pablo Iglesias, apenas en septiembre del año pasado, en favor de “politizar el dolor”. Al final el podemismo se arroga el papel de semáforo de la politización. Verde: se puede politizar. Rojo: no se puede politizar.

La idea que late es que ellos tienen el monopolio de la política: de la política legítima. Los demás son usurpadores. En gradación distinta, naturalmente, que va desde aquellos con los que puede haber algún tipo de entendimiento, mayor o menor, hasta los excluidos totales, que serían Ciudadanos y –sobre todo– el PP. En ese deslinde entre lo que es politizable o no se aprecia nuevamente su mentalidad totalitaria, antipluralista. Solo sería politizable, al cabo, aquello que favorece su política y no lo que la cuestiona.

Por eso sus llamamientos a no politizar los homenajes a Miguel Ángel Blanco han sido, en la práctica, su manera partidista de politizarlos: intentando conjurar una politización que no les convenía.

La politización de los homenajes de ahora y de las manifestaciones de hace veinte años es innegable: se abogaba por una política democrática y contra el crimen, en favor de la Constitución. La historia dice que los que trataron de acabar con esta fueron los fascistas (los golpistas) y los etarras. Se comprende que los podemitas se sientan incómodos al verse situados en ese fango. Ellos son otra cosa, de acuerdo. Pero si no consideran legítima la democracia surgida de la Constitución, eso que llaman con desprecio “el régimen del 78”, el fango es ese y no otro. Y cierran el semáforo cuando la ocasión hace que se vea demasiado claro.

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En El Español.

15.7.17

El tiempo recobrado

Fragmentos de El tiempo recobrado, de Marcel Proust; traducción de Consuelo Berges; Alianza Editorial, 1969:

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Pero a veces, en el momento en que todo nos parece perdido, llega la señal que puede salvarnos. (p.212)

En cuanto al libro interior de signos desconocidos [...], para cuya lectura nadie podía ayudarme con regla alguna, esta lectura consistía en un acto de creación en el que nadie puede sustituirnos ni siquiera colaborar con nosotros. Por eso, ¡cuántos renuncian a escribirlo! ¡Cuántas tareas se asumen por renunciar a esa! [...] Pero no eran más que disculpas, porque no tenían, o no tenían ya, talento, es decir, instinto. Pues el instinto dicta el deber y la inteligencia proporciona los pretextos para eludirlo. Pero las excusas no figuran en el arte, pues en el arte no cuentan las intenciones: el artista tiene que escuchar en todo momento a su instinto, por lo que el arte es lo más real que existe, la escuela más austera de la vida y el verdadero Juicio Final. Ese libro, el más penoso de todos de descifrar, es también el único dictado por la realidad, el único cuya “impresión” la ha hecho en nosotros la realidad misma. (227-228)

Lo que no hemos tenido que descifrar, que dilucidar con nuestro esfuerzo personal, lo que estaba claro antes de nosotros, no es nuestro. Solo viene de nosotros mismos lo que nosotros sacamos de la oscuridad que está en nosotros y que los demás no conocen. (228)

Me daba cuenta de que ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo. El deber y el trabajo de un escritor son el deber y el trabajo de un traductor. (240)

Este enderezamiento resulta cosa ardua a la que se resiste nuestra pereza [...]; volver, en fin, todo esto a la verdad sentida de la que tanto se había apartado, es abolir todo aquello que más nos interesaba, lo que, a solas con nosotros mismos, en esos proyectos febriles de letras y de gestiones, ha constituido nuestra conversación apasionada con nosotros mismos. (240-241)

En cambio, la grandeza del arte verdadero [...] estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor, más impenetrabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura, esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. (245-246)

Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. (246)

Ese trabajo del artista, ese trabajo de intentar ver bajo la materia, bajo la experiencia, bajo las palabras, algo diferente, es exactamente el trabajo inverso del que, cada minuto, cuando vivimos apartados de nosotros mismos, el amor propio, la pasión, la inteligencia y también la costumbre, realizan en nosotros cuando amontona encima de nuestras impresiones verdaderas, para ocultárnoslas enteramente, las nomenclaturas, los fines prácticos que llamamos falsamente la vida. En suma, ese arte tan complicado es precisamente el único arte vivo. Solo él expresa para los demás y nos hace ver a nosotros mismos nuestra propia vida, esa vida que no se puede “observar”, esa vida cuyas apariencias que se observan requieren ser traducidas y muchas veces leídas al revés y penosamente descifradas. Ese trabajo que hizo nuestro amor propio, nuestra pasión, nuestro espíritu de imitación, nuestra inteligencia abstracta, nuestros hábitos, es el trabajo que el arte deshará, es la marcha que nos hará seguir, en sentido contrario, el retorno a las profundidades donde yace, desconocido por nosotros, lo que realmente ha existido. (246-247)

Los verdaderos libros deben ser hijos no de la plena luz y de la charla, sino de la oscuridad y del silencio. Y como el arte reconstruye exactamente la vida, en torno a unas verdades halladas en sí mismo flotará siempre una atmósfera de poesía, la dulzura de un misterio que no es más que el vestigio de la penumbra que hemos tenido que atravesar, la indicación, marcada exactamente como por un altímetro, de la profundidad de una obra. (248-249)

Entonces surgió en mí una nueva luz, menos resplandeciente sin duda que la que me había hecho percibir que la obra de arte era el único medio de recobrar el Tiempo perdido. Y comprendí que todos esos materiales de la obra literaria eran mi vida pasada; comprendí que vinieron a mí, en los placeres frívolos, en la pereza, en la ternura, en el dolor, almacenados por mí, sin que yo adivinase su destino, ni su supervivencia, como no adivina el grano poniendo en reserva los alimentos que nutrirán a la planta. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo, sin que me pareciera que mi vida debía entrar nunca en contacto con los libros que yo hubiera querido escribir y para los cuales, cuando en otro tiempo me sentaba a la mesa, no encontraba tema. De suerte que, hasta aquel día, toda mi vida había podido y no hubiera podido resumirse en este título: Una vocación. No habría podido resumirse así porque la literatura no había desempeñado papel alguno en mi vida. Habría podido resumirse así porque esta vida, los recuerdos de sus tristezas, de sus goces formaban una reserva semejante a ese albumen que se aloja en el óvulo de las plantas y del que este saca su alimento para transformarse en grano, en ese tiempo en que todavía se ignora que se desarrolla el embrión de una planta, el cual es, sin embargo, lugar de fenómenos químicos y respiratorios secretos pero muy activos. Mi vida estaba así en relación con lo que traería su maduración. (250-251)

Los años buenos son los años perdidos. (262)

¡Dichosos aquellos que han encontrado la primera antes que la segunda y para los que, por próximas que deban estar una de otra, ha sonado la hora de la verdad antes que la hora de la muerte! (263) [Afortunados aquellos que, por cercana que se halle la una de la otra, suene antes la hora de la verdad que la hora de la muerte. (Tr. Gómez Pin)]

Un hombre que desde la infancia apunta a una misma idea, y para quien su pereza y hasta su estado de salud, al obligarle a aplazar siempre las realizaciones, anula cada noche el día transcurrido y perdido, tanto que la enfermedad que acelera la vejez de su cuerpo retarda la de su espíritu, se sorprende y sufre más al ver que no ha cesado de vivir en el Tiempo, que el que vive poco en sí mismo y se adapta al calendario y no descubre de pronto el total de los años cuya adición ha seguido cotidianamente. Pero una razón más grave explicaba mi angustia; descubría esta acción destructora del tiempo en el momento mismo en que yo pretendía aclarar, intelectualizar en una obra de arte unas realidades extratemporales. (286)

La vejez, que de todas las realidades es quizá aquella de la que más tiempo conservamos una noción abstracta. (288)

Además, esta idea del Tiempo tenía para mí otro valor: era un acicate, me decía que ya era hora de comenzar si quería conseguir lo que a veces sintiera en el transcurso de mi vida, en breves fogonazos, camino de Guermantes, en mis paseos en coche con madame de Villeparisis, y que me hizo considerar la vida como digna de ser vivida. ¡Cuánto más me lo parecía ahora que creía poder esclarecerla, esa vida que vivimos en las tinieblas, traída a la verdad de lo que era, esa vida que falseamos continuamente, por fin realizada en un libro! ¡Qué feliz sería, pensaba yo, el que pudiera escribir un libro así, qué labor ante él! (403)

Mas, volviendo a mí mismo, yo pensaba más modestamente en mi libro, y aún sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran, en mis lectores. Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, pues mi libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento como los que ofrecía a un comprador el óptico de Combray; mi libro, gracias al cual les daría yo el medio de leer en sí mismos, de suerte que no les pediría que me alabaran o denigraran, sino solo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito. (404)

Sí, esta idea del Tiempo que yo acababa de formarme decía que ya era hora de ponerme a la obra. Ya era hora, desde luego; pero, y esto justificaba la ansiedad que se había apoderado de mí desde que entré en el salón, cuando las muecas de los rostros me dieron la noción del tiempo perdido, ¿tenía todavía tiempo y me encontraba además en estado de hacerla? (406-407)

Ahora, sentirme portador de una obra hacía para mí más temible un accidente que me costara la vida. (408)

Pero, en vez de trabajar, viví en la pereza, en la disipación de los placeres, en la enfermedad, en los cuidados, en las manías, y ahora emprendía mi obra en vísperas de morir, sin saber nada de mi oficio. (413)