23.6.17

El tiempo de las moscas

En vez del oro del tiempo, como quería André Breton, tenemos la calderilla de Twitter: el tiempo de las moscas. Antonio Escohotado dice que quien descuida la atención vive en el tiempo de las moscas. Las moscas son dispersas; y todos somos moscas en Twitter y Facebook, en internet en general; con el WhatsApp y los smartphones, que nos han hecho tontos. Sí, los teléfonos inteligentes nos han timado: han metido nuestro tiempo en sus cubiletes y se han quedado con él. No estoy seguro de que haya que quejarse, porque no tiene vuelta atrás. Pero conviene hacer un recuento de pérdidas.

La sabiduría zen recomienda la atención, que es lo principal que hemos perdido. No hay mejor gimnasia para el espíritu que concentrarse. Yo ahora leo mucho, pero con poca intensidad: me cuesta concentrarme. Escribiendo a veces lo consigo, aunque no cuanto quisiera. Debajo de mi ventana tengo dos negocios espeluznantes: una carpintería y una cristalería, donde se corta el aluminio. He estado años refunfuñando; pero lo cierto es que, cuando he logrado escribir con atención, los ruidos han desaparecido. Quizá haya que tomarlos como señales: igual que las “bandas sonoras” de las autopistas. Uno se mete en el carril de la concentración, y escribe o lee. Y si percibe el ruido es que se está saliendo. El ruido es la advertencia de que hay que meterse otra vez.

Por otra parte, solo la atención ahonda el tiempo. De nosotros no depende su extensión, pero sí su profundidad. Cada minuto guarda un infinito. La cuestión es no sentir el roce del tiempo, sino estar dentro de él. No entre sus dientes, sino en el interior de su boca; no troceado, troceándose, sino tragado entero. El movimiento –la muerte– se nota por comparación: absorto en él, somos eternos. Salir del tiempo entrando de lleno en él. De lleno: sin dejar fuera nada que roce con lo que no es tiempo.

Esta es la teoría, pero la práctica se ha vuelto inalcanzable. Los requerimientos de la hiperconectividad nos tienen acribillados. Las dudas sobre el libre albedrío quizá sean secundarias cuando se ha evaporado la voluntad. Ha desaparecido el oro del tiempo, pero también los tiempos muertos, y el aburrimiento.

La volatización de este último la ha analizado Manuel Arias Maldonado en su completo “Informe sobre el tedio en la era digital”, publicado en Revista de Libros, en el que incorpora lo que han escrito otros autores, como Jacob Mikanowski, Laurence Scott o Lars Svendsen, y clásicos como Heidegger, Bergson, Moravia, Pessoa, Bellow o Thomas Mann. Algunos elementos: la identidad como algo experimentado ya no hacia dentro sino hacia fuera, una identidad que además es reticular, formada por conexiones múltiples; el carácter vivo del teléfono móvil, en el que los otros no están solo en estado fantasmagórico, como en un libro, sino presentes, con la capacidad de interpelarnos; la imposibilidad del aislamiento, por la integración en un flujo de conciencia colectivo “en perpetua ebullición”, con infinidad de voces simultáneas que “nos sacan de nosotros mismos”; la alerta incesante en que nos mantiene la vida digital, llena de momentos de suspense que segregan “un tiempo organizado en torno a la expectativa”, entre la “potencialidad del contacto” y la “disponibilidad al mismo”; la aceleración del tiempo digital y el “permanente aplazamiento del problema del significado”, por el que “no tenemos tiempo para preguntarnos a qué dedicamos el tiempo”; y, en suma, la “sensación intensa de tiempo malgastado, aunque adictivo: reconfortante durante su experiencia directa, pero amargo en su recolección posterior”.

Otra pérdida, en efecto, es la del poso: es un tiempo permanentemente alterado, sin posibilidad de sedimentación. No hay humus que fructifique: todo se gasta en el chisporroteo instantáneo. La calderilla de Twitter es brillante; en sus mejores momentos, burbujeante como el champán. Pero lo único que deja es insatisfacción. Una mañana de lectura puede tener sus tramos aburridos, pedregosos, esforzados; pero al término deja el cuerpo y la cabeza bien: con una sensación de crecimiento o ahondamiento, de experiencia. Una mañana de Twitter, en cambio, nos deja estragados, aunque haya sido divertida, como suele. En su transcurso nos hemos atomizado, pulverizado: al final nos encontramos con que todo se nos ha quedado revuelto. Solo que ese “al final” es una licencia retórica: el enganche es sin descanso.

Como es natural, uno no puede escoger voluntariamente aburrirse. Para instalarse en ese vacío desasosegante, pudiéndolo evitar, haría falta un empeño casi ascético, forzado. Antes esas ocasiones se las proporcionaban a uno los días o las noches; o las tardes, sobre todo las tardes: el aburrimiento atacaba, se caía en él, se veía uno envuelto por él. El bello título de Eugenio d’Ors Oceanografía del tedio remite a esa deriva por océanos en que el yo era un náufrago alejado de todo; o un barco como el de La línea de sombra de Joseph Conrad, preso de una insidiosa calma chicha. Ahora no hay manera de perderse: han desaparecido los océanos tediosos. No queda ni una piscina en que aburrirse. Ni en la que surja, de pronto, lo inesperado.

Antes podían fallar las conexiones. Podía fallar una cita y entonces uno se quedaba colgado en la ciudad, o en su casa. Aquella aspereza no era querida, pero esa contrariedad obligaba a cambiar el paso, o a quedarse quieto. No siempre resultaba fecundo, pero a veces sí. Recibía un azote contemplativo, o se le ocurría algo, una frase, que no le hubiera llegado de otro modo. Descubría, sin que estuviese preparado, el oro del tiempo.

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Publicado en el trimestral de Jot Down núm. 18, especial Armagedón: el fin del mundo y otros finales.